Nos estamos devaluando

Dora Luz Herrera Jiménez

Dividimos al país entre el ellos y el nosotros, y olvidamos que todos compartimos las mismas carencias, la misma educación, los mismos temores.

En medio de un terreno baldío, sobre la hojarasca y el  zacate, un grupo de sicarios encañona a una maestra para que grabe un video, con el propósito de que  advierta a los taxistas que paguen las “cuotas de piso”  impuestas por el crimen organizado. México, 2025. En  este país hay más sangre que petróleo. Nuestra Constitución es un libro de mitos que solo siguen los devotos. Otra Biblia caducada. 

Caminar es ambiguo. No sabemos lo que puede  pasarnos. Los extranjeros creen que vivimos aterrados. La primera vez que salí del país y me presenté  como mexicana, me invadieron con preguntas sobre  el narco: ¿cómo funciona?, ¿es verdad que controlan  a la nación?, ¿todos son como el Señor de los Cielos?  Yo negaba con la cabeza: Esas cosas sí existen, pero  en otras regiones. Aún no me daba cuenta de que ocurren frente a mis narices. 

La violencia se pegó en el aire al mismo tiempo  que el smog. Nos enferma, aunque ya casi no la sentimos. A diario escuchamos noticias de secuestros, desapariciones forzadas, balaceras, ejecuciones a periodistas o activistas políticos. Es algo cotidiano. Ignorar lo  que sucede es nuestra estrategia colectiva de defensa.  Lo que no veo, no existe; lo que no me pasa, no es real. Es como salir con paraguas y botas de hule en un día de  lluvia: te mojas, sí, pero poquito. Es la cuota por existir en  este país: mojados, resfriados, pero vivos. A veces vivos. 

Para que un homicidio te sorprenda, debe ser  inconcebible, monstruoso por sí mismo. Debe generar  hartazgo, dar un golpe de realidad para que recordemos en dónde estamos parados. 

A principios de agosto, con hambre en el estómago, una mujer pide mil pesos prestados. Como no  paga a tiempo, las prestamistas retienen, como prenda de empeño, a su hijo de cinco años. Durante días, lo  maltratan y lo dejan morir. Según el forense, el niño falleció por un golpe de martillo en la cabeza. Mil pesos

Tres involucrados. ¿Qué pasa por la mente de  alguien que comete un crimen de esa naturaleza? ¿En  qué clase de sociedad vivimos? ¿Cuándo fue que la  vida dejó de ser prenda sagrada y se convirtió en una  mercancía de bajo costo? Siempre nos repiten que  la vida no tiene precio. Pero aquí sabemos que no es  cierto: el precio lo pone el que tiene el poder y el dine 

  1. En México compran tu tiempo, tu cuerpo, tus órganos. Compran tu infancia, tu talento, tu silencio. Pero  hasta hace poco, se pagaba caro. ¿En qué momento  lo más valioso que tiene un ser humano pasó a costar  mil pesos? Nos estamos devaluando. 

Y en esa devaluación, surge el más grande de  los temores: ¿y si ya no somos las víctimas? Hemos  entrado en la guerra de todos contra todos. La violencia se convirtió en norma. Dividimos al país entre el  ellos y el nosotros, y olvidamos que todos compartimos las mismas carencias, la misma educación, los  mismos temores. Cualquiera puede convertirse en ese  otro que nos asusta, que se defiende —a su manera—  del sistema y el hambre. Ese otro que, en medio del  colapso, el hartazgo y la escasez olvidó la civilización  y se afilió a la barbarie. Nos adaptamos a un mundo  grotesco para poder sobrevivir. 

Un hombre camina despacio por las calles de un  pueblo mágico, bajo los rayos dorados del sol. En cada  paso balancea la cabeza que decapitó en la mañana  y que sujeta suavemente con la mano izquierda.  Deja manchas de sangre en el adoquín mientras,  con educación, da los buenos días a sus vecinos.  En otro tiempo, pero en el mismo espacio, el cuerpo  de un cineasta es desmembrado por su compañero  y esparcido en bolsas de basura por la capital del  Estado, a la vez que una pareja empuja una carriola  que, en lugar de niño, lleva los restos de la mujer que  asesinaron. 

En México no hace falta comprar películas para  ver historias de terror. Basta poner el canal de noticias. Es como asistir a una función de cine en 4D. Las  paredes, que deberían protegerte, se vuelven frágiles  cuando las palabras de los reporteros perforan el silencio y lo convierten en consternación palpable. Su dor efervescente. 

Nos estamos devaluando. Cada asesinato nos  quita un pedazo de humanidad. Hemos olvidado que el  otro también somos nosotros. Nos devaluamos cuando la vida de un niño pasa a valer mil pesos y cuando  asumimos el homicidio como costumbre. Porque lo terrible ya no solo son los asesinatos, sino también que  ya aprendimos a vivir aceptándolos. Aceptando que  nos maten

 

 

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