Diana Guadalupe Escobar Ríos
La historia del mundo es la historia del fracaso. Vives junto a todas las personas que no fuiste, y con todas tienes una deuda más grande que el mundo. Más grande que todos los caminos que no recorrerán.
En la mitología romana, las Furias son los espíritus castigadores de los injustos, más específicamente, aquel padre que maltratase a su familia, aquel gobernante que brutaliza a su pueblo era perseguido por bestias de su propia creación. Podríamos decir que esas versiones de ti, ilusorias y tortuosas como cualquier artefacto de la nostalgia, son también castigadoras de nuestro presente. De nuestro libre albedrío.
Ante la abundancia de tiempo que supone la juventud (tan solo mientras nos encontramos en su tránsito ridículo, pues al dejarla atrás siempre resulta tan breve, tan imposiblemente breve) Silvia Plath escribió que la vida era como las ramas de una higuera, y en cada higo estaba una vida, una persona, un pequeño paso en ángulo diferente que la volvería otra persona, y al no poder cortar ninguno, vio cada fruto, intacto, pudrirse.
Estamos ebrios de posibilidad, de caminos que no tomamos, al día eres capaz de experimentar en fragmentos audiovisuales de 30 segundos millones de historias de millones de mundos que creerás que son reales. Estás viendo tu rostro demasiado, empieza a causarte terror. La estrella que se percibe desde tu ventana murió hace millones de años y apenas se ha dejado ver por ti. Naciste muy tarde y muy pronto. Todos los higos ya están podridos. Ese es tu castigo.
Mark Fisher habló de los fantasmas que crea el movimiento de la historia, las fantasías de un pasado idealizado, futuros perdidos, futuros en fases de prueba y error, futuros en espera permanente. Fischer sabía que las promesas que se nos hicieron nacieron rotas.. Nos llamó testigos de la cancelación del futuro: toda visión de los soñadores y los teóricos coqueteará descaradamente con el fetiche de nuestra extinción.
En 2013, un escritor llamado Robert Kurvitz escribió su primer gran fracaso: Sagrado y terrible aire, donde un grupo de personajes improbables y poco carismáticos sostienen una tesis inamovible: ante el acecho del vacío, del despojo, uno debe moverse hacia adelante con inquietud y atrevimiento, uno debe luchar contra lo inevitable, resolver preguntas que nadie ha hecho, no ofrecer paz a las furias.
La mayoría de las decisiones importantes fueron tomadas hace muchos años, por otras personas. Las reglas fueron escritas mucho antes de que pudieras decidir si participabas y ahora estás atrapado en una especie de preludio eterno, justo antes del final, arrastrando una historia indefiniblemente cruel. Aquí estás añorando el comienzo del milenio, cuando las máquinas no eran dioses y faltaba menos para la media noche (tic, tac, tic, tac…).
Me atrevo a pecar de ingenua y a preguntar cuándo estuvimos a tiempo de hacer algo antes de vernos en fila frente a ese gran escuadrón de fusilamiento. ¿Y para qué?
Naturalmente, la muerte llegaría a nosotros como cualquier otro de nuestros juguetes: manifiestos y sucesos, ruinas y espectáculos. El fetiche del exterminio nos mira con mucha más frialdad de lo esperado. Castigos y más castigos, sobre inocentes cada vez más inocentes.
Los jóvenes hemos servido bien al sacrificio. Cuando hubo que pelear guerras, se nos reclutó. Cuando hubo que inventar el porvenir, se nos vistió y entrenó. Cuando hubo que crear, se nos confirió el arte.Cuando hubo problemas, se nos embistió de culpa. Y hoy, en la dicotomía del poder humano y el vacío, nos convertimos en furias.
A estas alturas – siempre demasiado lejos del suelo, siempre demasiado lejos de Dios- es justo un castigo. ¿Dónde está el culpable? (gritamos, ya no sabemos a dónde) ¿quién me tiene que escuchar?
El joven no necesita que le digan dónde está parado, ni quienes caminan junto a él. Aunque a veces se cuentan ficciones de tradición y clase, donde solo puede ejercer control sobre cuánto juicio intrascendente puede arrojar sobre sus semejantes, y cuán celebrada será su conformidad. Yo conservo mi fe en las aves de mal agüero. Oráculos del fin del mundo, autores de capítulos finales.
A pesar del cansancio, les pido, pensemos que esta es la organización de átomos más gentil en el universo. Y nosotros – homínidos terrestres, bipedos y pensantes- su más reciente y terrorífico accidente.

