NATALIA MYR
El hablar de justicia puede parecer lo más común y simple pero, al momento de tocar una fibra específica, puede complicar el asunto. “Antígona”, del poeta Sófocles, y “Antígona González”, de la escritora Sara Uribe, exigen que se hable de justicia.
Morir por una ciudad —¡su ciudad!—, por un derecho de nacimiento, por querer que se respetara un acuerdo y por destino fue lo que hizo que el hermano de Antígona, Polinices, fuera asesinado por su otro hermano Eteocles. Polinices pierde la vida al exigir gobernar por un año como lo había acordado con su hermano para después darle el trono a él por el mismo tiempo.
¿Por qué se le debe tachar a Polinices de traidor a su patria si quien no honró su palabra fue Eteocles? ¿Fue una verdadera muestra de traición ir a buscar aliados para reclamar su trono? ¿Ha de ser castigado quien busca justicia y ha de ser venerado quien rompe las normas para su propio beneficio?
Al parecer, Creonte, tío de ambos y nuevo rey de Tebas al fallecer los hermanos, pensaba de esa manera. Eteocles era el único sobrino que a su parecer merecía ser enterrado para que pudiera entrar en el Hades, el infierno en el mundo griego, mientras que Polinices debía ser visto como alguien que deshonró no sólo a su familia sino también a Tebas entera.
Aquí es donde toma protagonismo Antígona. Ella desea darle sepultura a sus dos hermanos; entiende que la manera de actuar de Polinices para recuperar su derecho a gobernar no fue correcta; en ningún sentido la guerra es la respuesta, sin importar la justificación que se le quiera dar. Por otro lado, la injusticia cometida por Eteocles no debía pasar desapercibida o minimizarse. Aunque su año como rey de Tebas hubiera sido próspero, no era razón suficiente para negarle a Polinices su reinado.
La lucha que tiene esta Antígona es fuerte: ir en contra de su familia, tradiciones y pueblo por querer obtener justicia. No busca reconocer a Polinices como legítimo rey de Tebas, la verdadera lucha que quiere ganar es sencilla: un sepulcro para su hermano. Tanto Creonte como el resto de Tebas, no se lo quieren conceder. Antígona busca que Eteocles, Polinices y ella misma puedan superar la muerte —ellos logrando entrar al Hades y ella pasar por el luto de perder a sus seres queridos— que vuelve a devastar a su familia de una forma trágica (como en toda obra griega).
Pero ¿qué es peor? ¿saber en dónde está el cuerpo de un familiar y no poder enterrarlo o desconocer su paradero?
Esta otra Antígona, Antígona González, tiene una lucha similar a la primera: busca encontrar paz en el dolor; prefiere saber en dónde está su hermano, saber si está muerto o vivo y, si es lo primero, iniciar su duelo para poder seguir adelante, no quedarse con los pensamientos de “¿qué tal si vuelve?”, “¿y si solo tarda un poco más en regresar?” o “¿ya hice todo lo que estuvo en mis manos para encontrarlo? ¿Hice completamente todo?”.
Al igual que en el mito de Sófocles, el mundo le negará su duelo. Le harán creer e intentarán persuadirla de que su hermano simplemente desapareció, que traicionó a su familia al abandonarlos y dejarlos a su suerte. Quieren que desista de su lucha, piden indirectamente y en silencio que deje de indagar y buscar, que se rinda. En realidad todo eso son simplemente rumores, juicios, creencias, teorías y suposiciones. Nadie conocerá la verdad hasta que regrese, sea caminando o dentro de un ataúd.
“¿Quién es Antígona dentro de esta escena y qué vamos a hacer con sus palabras?
¿Quién es Antígona Gonzáles y qué vamos a hacer con todas las demás Antígonas?
No quería ser una Antígona, pero me tocó.”
La similitud que se puede encontrar entre el mito de Sófocles y el libro de Sara Uribe no es únicamente el nombre de “Antígona”, sino en la repetición de la historia. A pesar de que nos dividen dos mil años o más, la historia en esencia sigue siendo contada de la misma manera, solo se cambia el nombre del hermano, es diferente el país y el escenario planteado.
Ahora esta nueva Antígona no busca que su hermano sea reconocido en su familia una vez más, sino que su recuerdo no sea olvidado o deformado, que no se le tome por una mala persona, como dicen las malas lenguas a su alrededor, como alguien que abandona, a quien no le interesa nadie más que él mismo, un egoísta. Ella quiere que al momento de pensar en él,se le recuerde como alguien de buenas acciones, con deseo y metas. El hermano de esta Antígona quiere que su familia lo tenga todo, y haría todo por ellos. Este personaje es capaz de derrumbar y volver a construir el mundo por su familia; no por un pueblo o una corona.
Es curioso ver los paralelismos que se tienen con el original. Las Antígonas buscan que sus hermanos no sean olvidados. En las dos historias, piden que los nombres de sus hermanos no sean manchados con suposiciones. Es interesante como un mito, que fue escrito hace tantos siglos, sigue teniendo relevancia para nosotros hoy en día; sobre todo para las mujeres ( hermanas, madres, esposas e hijas) quienes han intentado buscar a sus hermanos, hijos, esposos y padre, a todas las personas que quieren.
Hoy no se busca un cuerpo al cual dar velorio, con eso no basta, se busca la verdad. La verdad de por qué no regresó, de por qué murió o de cómo es que no hay una sola huella que diga su paradero. Se tienen especulaciones y teorías, pero jamás una verdad absoluta; ¿por qué? Porque no importan.
Para nuestro país, la persona que no ha vuelto a casa deja de ser una persona y se vuelve una cifra más, un nombre más en una lista, una lista más del montón.
“Supe que Tamaulipas era Tebas y Creonte este silencio amordazándolo todo”
Otra similitud que hay entre estas Antígonas es la lucha, la rebeldía. La primera, entierra a su hermano haciendo caso omiso a las órdenes de su tío; es una sepultura que le dará acceso al Hades, donde ambos obtendrán paz. Concluye su plan, desafía las leyes. Su familia está por encima de cualquier ley, y no en el sentido de querer sentirse superior o alardear que ningún decreto puede detenerla, a lo que me refiero es que haría —e hizo— todo por su familia sin tener el menor cuidado de las consecuencias que sus acciones le ocasionarían.
En la segunda, Antígona no tiene un cuerpo por el cual llorar, ella conserva únicamente la memoria de su hermano; una foto y las historias que le cuentan de cómo fue, ya no de como es. Pero sigue luchando, sigue levantando la voz hasta que aparezca su hermano, vivo o muerto. Exige una historia que concuerde con el hombre que conocía y no con lo que ellos creen que sucedió. No quiere que su hermano se vuelva un número más en los expedientes.
“Necesitamos sepultarlo, llevarle flores, rezarle una oración”
