La experiencia femenina está permeada de violencia: Violencia contra las mujeres en la Narrativa hispanoamericana contemporánea

CLAUDIA XCARET SANTOS CAMPUSANO

“A la memoria de Andrea, María Luisa y Sarita” 

A la memoria de Mariela Vanessa, Debanhi Escobar y Liliana Rivera Garza Las escritoras emergentes contemporáneas están destacando por su habilidad para poner la experiencia femenina como tema central en la literatura. La escritura del yo, la autoficción y la memoria son géneros que cada vez cobran más relevancia y dejan de percibirse como literatura que “no importa”. Hay clubes y retos de lectura en los que se leen únicamente mujeres y hay incluso quienes han llegado a afirmar que “la literatura se está inundando y sobresaturado de obras dirigidas a un público femenino” (Casi Cielo) pero como se explica en La sobresaturación de mujeres en la literatura, de Tristán Lopez: “las mujeres apenas están empezando a ocupar los espacios que por siglos se [les] han arrebatado”. Esta reciente exposición de literatura sobre la experiencia femenina vuelve inevitable preguntarse: ¿Cuál es la llamada “experiencia femenina”? ¿Hay una “experiencia femenina” común? 

En este texto, partiendo de la visita a cinco libros escritos por autoras contemporáneas hispanoamericanas, quiero proponer que existe cierta “experiencia femenina común” y está atravesada por la violencia de género. Lo que las escritoras mexicanas Brenda Navarro, Cristina Rivera Garza, y la mexicana-estadounidense Sandra Cisneros tienen en común con la argentina Selva Almada y la paraguaya Susy Delgado es que sus textos están atravesados por las violencias que se viven por el hecho de ser mujer. Rivera y Almada, en los libros que se presentan en este ensayo, escriben partiendo de la experiencia propia; Delgado, Cisneros y Navarro, en cambio, escriben ficción; todas ellas nos presentan en sus libros a mujeres que son violentadas por el sistema heteropatriarcal. 

Brenda Navarro es escritora, socióloga y economista de la Ciudad de México. Casas Vacías, publicada en el 2018 por Kaja Negra, es su primera novela: “es una novela a dos

voces que presenta los pensamientos de un par de mujeres que (ya) no pueden ser madres y su dolor por haber perdido a un hijo” (Santos). En esta novela, en la que la maternidad es un tema central, “la maternidad como constructo aspiracional e imposición femenina” Santos las violenta y condena. Esta novela también maneja temas como el feminicidio, la soledad y el miedo, y expone, a través de la ficción, la realidad de muchas mujeres víctimas de violencia. 

En la novela de Navarro, la violencia que se ejerce contra las mujeres funciona como catalizador de más violencia. Por ejemplo, la madre de Leonel es violentada por la imposición femenina de maternar, como explico en la reseña publicada en Letralia: “La personaje intenta recurrir a la maternidad para no quedar fuera de la experiencia femenina en su contexto. […] Recurre a la maternidad para intentar seguir perteneciendo como mujer”; y como no puede tener hijos propios, secuestra a Leonel, generando más violencia: “Luego, abrí la sombrilla roja y no sé cómo, ni con qué fuerza, ni con qué tipo de arrebato, pero cargué a Leonel […] y me fui con el niño que empezó a llorar” (Navarro). Este acto violento hacia la infancia, hacia otra madre, hacia la familia del niño, proviene del deseo impuesto de ser madre, de la idea de que hay una forma de ser mujer y que ésta incluye la maternidad. 

De acuerdo al Poder Judicial de Costa Rica, “El género es una construcción social y cultural basada en las diferencias […] dadas por el sexo biológico, a partir de ellas se socializa diferencialmente a varones y mujeres dirigiéndoles hacia ideales tradicionales de hombre-masculino y mujer-femenina”; dicha construcción social actúa muchas veces como imposición social. Las mujeres y los hombres perciben la construcción social y cultural que  “les corresponde” y sienten presión, como la personaje de Navarro, de actuar conforme a esta construcción si quieren pertenecer. La maternidad no es la única imposición social femenina impuesta sobre la mujer que llega a ser causa de violencia, el amor romántico es otro ejemplo.

En el texto de no-ficción, El invencible verano de Liliana, de Cristina Rivera Garza, la narradora cuenta la historia de su hermana, Liliana Rivera Garza, quien “El 16 de julio de 1990, […] fue víctima de un feminicidio”. Se explica que Liliana “era una muchacha de 20 años, estudiante de arquitectura. [Y que] tenía años tratando de terminar su relación con un novio de la preparatoria que insistía en no dejarla ir” (Rivera Garza). Liliana no fue víctima de feminicidio porque cayó, en momentos, bajo las garras del amor romántico; Liliana fue víctima de un feminicidio porque su feminicida es un asesino. Liliana no es culpable; Liliana es víctima, víctima de feminicidio, víctima de vivir en una sociedad que percibe a las mujeres como objetos que pueden pertenecerle a los hombres, víctima de una idea de amor romántico que quizá la hizo seguir junto al hombre que después terminaría con su vida. 

Como explica Cristina Rivera Garza, “Lo que distingue a la violencia doméstica, especialmente al homicidio de pareja, de cualquier otro tipo de crimen es el amor. […] Ningún otro acto de violencia extrema se alimenta de una ideología tan diseminada como compartida”. El amor romántico es otra aspiración femenina impuesta a las mujeres. Como se puede reflejar también en el texto de la mexicana-estadounidense Sandra Cisneros, “Woman Hollering Creek”. 

En este cuento de Cisneros, durante la primera parte de la historia en Seguin, Cleófilas, la protagonista, aspira a cumplir con roles de género preestablecidos como el de la recién casada o la protagonista de telenovela. Está enamorada de la idea ya establecida del amor romántico que ofrecen las telenovelas mexicanas y otros productos culturales, mas no de Juan Pedro, su esposo, quien es un medio para alcanzar un fin, y es esa aspiración al ideal del amor la que la hace mudarse a Seguin. Cleófilas adquiere estas expectativas de su relación con las telenovelas. Verlas es una de las pocas actividades de entretenimiento disponibles en su ciudad de origen:

there isn’t very much to do except … walk to the cinema to see this week’s film again, speckled and with one hair quivering annoyingly on the screen … Or to the girlfriend’s house to watch the latest telenovela episode and try to copy the way the women comb their hair, wear their makeup. (Cisneros) 

La televidente busca imitar a las mujeres que aparecen en la televisión como parte de su rutina y, en este proceso de imitación, adquiere también sus deseos. 

Cleófilas descubre y construye su identidad a través de productos culturales populares como lo son los libros de Corín Tellado, las telenovelas, la literatura oral y las revistas. En este sentido, Eva Fernández de Pinedo Echeverría explica que “telenovelas play an important role in the lives of some Latino characters and often help form their cultural identity”. Por lo tanto, deberían percibirse, más que como sólo programas televisivos de entretenimiento inofensivos que se consumen pasivamente, como elementos culturales que activamente forman la identidad transnacional y de género de las mexicano-estadounidenses. La manipulación hacia el amor romántico que crea la construcción social y cultural del género, es uno de los factores que, puede proponerse, llevan a personajes como Cleófilas, o personas como Liliana, a tener vínculos románticos con hombres que después las violentan, manipulan, y/o asesinan. 

Susy Delgado, en La sangre florecida, construye a Maria’i en lo que se presenta como su historia como mujer. Y, como parece ser la historia del ser mujer en la contemporaneidad, hay violencia de género. Si el ser mujer es el estar condenada, en el texto, para salvar a las mujeres de esta condena, hay muchachos. Para Maria’i, su gran equivocación “se llamaba Pedro y aquella tarde en la que lo dejo ir” (Delgado). Pero habiendo perdido al muchacho, “a las mujeres nomas les queda siempre el problema” (Delgado). Los hombres, como el personaje del doctor, la acosaron y violentaron; su abuelo, un hombre, engañó a su abuela. Pero fue un muchacho, no un hombre, quien finalmente la salvó: “aquel muchacho de ojos

redondos y dulces había curado a Maria’i de tantas cosas, que un día ella pasó a llamarse Maria” (Delgado). Por lo tanto, en La sangre florecida se expone la construcción de género en la que el ser mujer es ser sucia, victima de violencia, enferma, y en la que si bien son los hombres quienes violentan a las mujeres, son también su única posibilidad de escape ante tanta violencia que las persigue. Esto concuerda con los ideales del amor romántico, sí, pero también muestra lo inescapable que puede resultarle al género femenino la violencia de la que somos víctimas. 

Por último, quiero hablar de Chicas muertas de Selva Almada. Leer a Selva Almada es decidirte a ponerte en frente lo que todas sabemos y más nos atemoriza: a las mujeres nos están matando; ser una mujer viva en Latinoamérica es una especie de suerte. Chicas muertas es una crónica que sucede en Argentina, pero podría estar escrita en cualquier parte de latinoamérica, por eso es tan fácil relacionarla con otros productos culturales contemporáneos creados por mujeres: porque a todas nos están violentando y estamos cansadas de ser parte del pacto de silencio que funciona como cómplice de estas violencias. Esta obra de no-ficción ocurre en los años 80 en Argentina, pero se lee con la certeza de que sigue sucediendo ahora, de que todavía no estamos seguras, de que a Andrea, María Luisa y Sarita, las víctimas que presenta Selva Almada, se les han unido también Mariela Vanessa, Debanhi Escobar, Liliana Rivera Garza. Todavía no estamos seguras en nuestras casas, en nuestras escuelas, en nuestras calles ni en nuestros trabajos. Y cada vez son más los nombres de aquellas a las que hemos perdido. 

En este ensayo, al igual que en la crónica, no se ofrece ninguna verdadera resolución. Lo que quiero es resaltar todas las certezas que me dejan ahora los textos de estas mujeres: todas las violencias están conectadas y se hacen posibles unas a las otras; no te exime de la violencia de género ni el espacio geográfico que habites, ni tu clase social, ni tu nivel de marginación (si bien, esto no quiere decir que las violencias se den de la misma forma o al

mismo nivel en estos distintos contextos); que aquellos hombres cercanos a ti no sólo no están exentos de ser capaces de violentarte, sino que la mayoría de estas violencias son ejercidas por alguien cercano a ti; que a las que perdimos hay que nombrarlas–ni perdón, ni olvido–; y finalmente, que como mujer, ser violentada parece ser la norma, y seguir viva una especie de suerte.

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