Tres colores: «Azul», una mirada al luto

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ANA JIMÉNEZ SALINAS

¿Alguna vez te has preguntado qué pasaría si perdieras a todos tus seres queridos?, ¿qué serías sin todos esos vínculos si dejaras de ser madre, esposa e hija? Esto es lo que nos presenta el director polaco, Krzysztof Kieslowski con su película Tres colores: Azul (Trois Couleurs: Bleu, 1993) con el personaje de Julie, quien pierde a su esposo, un compositor famoso, y a su hija en un accidente de coche, mientras que su madre tiene demencia, lo que provoca que la confunda con su tía ya fallecida. 

Tres colores: Azul es la primera parte de una trilogía donde Kieslowski nos cuestiona la vigencia de los tres valores principales de la revolución francesa (libertad, igualdad, y fraternidad). Esta película explora el concepto de la libertad, donde la protagonista, al perder su núcleo familiar, es libre de cualquier vínculo socioafectivo. Además, ella decide desprenderse de casi todos los objetos que pertenecen a ese pasado doloroso, exceptuando un móvil con piedras azules y una hoja con notas musicales. 

No obstante, vemos a lo largo de la película que esto es imposible, ya que casi a regañadientes, Julie crea nuevas conexiones y se integra de nuevo a la sociedad. Igualmente, el director utiliza recursos como espacios de detenimiento donde encontramos a la protagonista sin interactuar activamente con los demás personajes, como un fantasma que sólo se limita a observar, sin tener un lugar. 

Por otro lado, se encuentra la banda sonora, que forma parte de una composición no terminada por su marido. Esta actúa como esa conexión al pasado al que tanto desea huir Julie, pero que constantemente escucha, hasta que la confronta al momento de decidir ayudar a Oliver, un amigo, a terminar dicha partitura. 

    Tres colores: Azul, nos expone la crudeza de perderlo todo, una congoja que te desvincula de todos lados y de todo mundo, sin un final de cuentos de hadas, pues la vida no puede ser igual tras la tragedia. Es una obra que invita a la reflexión acerca de la manera que nos relacionamos con los demás, lo que, a mi parecer, le da la calidad de atemporal. 

Además, es fascinante la manera en que Kieslowski logra integrar diversos elementos cinematográficos que apoyan a la narrativa y la estética de la historia, como son la banda sonora, que en algún momento sólo vemos la partitura, o el color azul que se ve reflejado en diversas escenas. 

Ana Jimenez Salinas, estudiante de último año de la carrera de Historia del arte, en el Centro Cultural Casa Lamm. Gusta ir al teatro, a conciertos y leer novelas. Su interés es escribir críticas y reseñas de arte y cultura, especialmente aquellas obras enfocadas en temas sociales.

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