DAVID HORACIO HERNÁNDEZ
Un susurro que el eco agranda hasta formar un rugido. Un soplido que oscurece los cielos. Las aves vuelan con torpeza, se alejan. Las paredes tiemblan. Las puertas azotan. Las ventanas estallan. Los postes caen. Los gritos crecen. Las olas de aire no cesan, maduran, aplastan, crujen… La ventisca ha comenzado.
Cada julio, desde hace ya cincuenta años, la ventisca llega. Llegó cuando él compró aquella casa de jardines amplios, el día en que nació Ilma, cuando sembraron el abeto alto. Llegó sin excepción alguna, y cada cita le arrancó algo. Un año se llevó las flores amarillas. El siguiente acarreó las sábanas de algodón. El próximo, las batas de aislamiento. Después, sus sueños. Después, sus fuerzas. Después, su amor. Después, todo.
Hoy día, la ventisca es un hito en la región, pero aún más lo es aquel abeto crecido. Tan grande e imponente, el árbol resiste a cada julio. La gente se asoma en agosto solo para reafirmar que aún sigue de pie tras la ventisca. Ahí está, justo al lado del viejo que lo abraza, que lo estruja hacia sí, terco por no dejarlo caer, obsesionado por mantenerlo erguido, empecinado en ese abeto que sembró con Ilma, testarudo en aferrarse a lo único que le quedó de su hija muerta.

Ilustración de: Catalina González
