Grietas en el paraíso

JAREDAY CERVANTES

Su infancia olía a pelaje húmedo y el mundo cabía entero en el batir de una cola. Eran uno: risa espontánea, ladridos torpes. Un niño conoció la fidelidad en anchuroso hogar, atado por un hilo invisible que solo el primer perro sabe tejer. 

El cachorro se caracterizaba por un calor en las orejas, una fiebre mansa que el pequeño grabó en su memoria. Al soñar, sus respiraciones se acompasaban hasta que sus pechos subían y bajaban como una sola marea de pelo y piel. Reflejados aun sin verse, si uno callaba, el otro enmudecía; si alguno corría, una persecución empezaba. Como primer confesor de miedos innominados, sin necesitar fonemas para hacerle saberse comprendido, solo rozaba su hocico contra la mano pequeña de su amigo.

Numerosas manos, dedos por centenas, cobijaron a caricias al perro, quien sonrisa y la panza mostraba en confianza. Un amigo con quien pasear, bailar o llorar. Mudo observador al dormir, juguetón compañero imposible de caer en el olvido.

Pero ese paraíso atrajo miradas. 

Entre las grietas de la valla o tras el velo de una ventana vecina, un cruel corazón observó el dulzor con el estómago amargo. Aquella dicha, tan limpia y ruidosa, hería los nervios de quien solo conocía oscuridad. 

Mientras el niño y sus hermanos reían, una tirria silenciosa rechinaba con despecho, incapaz de soportar un peso invisible, y depredó paciente con su saña.

Garras de tinieblas rasgaron la inocencia del amado can, bajo engaños, un bocado de agonía disfrazado de alimento eclipsó el sol en los ojos del animal antes de tiempo entre temblores, sollozos y convulsiones.

El niño buscó el latido habitual, ese tambor familiar que marcaba el ritmo de sus días, pero solo encontró la ausencia. Cuando la rigidez a la suavidad reemplazó, el calor que una vez compartieron se esfumó, dejando en las manos del muchacho una temperatura ajena al cachorro con el que creció. 

Cargaba un alma infectada privada de aliento, cristalizados los llantos, los ojos odiosos y envidiosos habían conseguido alejar fidelidad, amor y vida en más de un pecho. El cuerpo que antes era un brasero se había transformado, bajo sus dedos, en un despojo helado.  

Con las rodillas sucias y la mirada fija en la ausencia, supo que el amor era una transacción demasiado costosa. Cerró los ojos ante cualquier hocico curioso y negó el refugio a todo latido falto del habla, anclado al pronto aprendizaje que pagó enterrando inevitablemente un amor sin reemplazo. 

Aquel niño transita entre jóvenes veranos e inviernos maduros carentes de ladridos, prefiriendo la paz desértica y solitaria a la promesa de un adiós que algún día en la vejez le arrancaría, otra vez, su mundo entero.

- Advertisement -spot_img

DEJA UNA RESPUESTA

Por favor ingrese su comentario!
Por favor ingrese su nombre aquí