La efímera esquela y la maleta con fotos

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Alejandro Pachuca Velázquez

A mi querida muerte por seguirme a cada paso

Salí a jugar con los niños en cuanto amaneció, el más pequeño aún no logra patear el balón.

Mi pequeña de doce años ya no sueña con ser astronauta, dijo que quiere ser física, quizá porque desde que le leí la biografía de Curie no deja de hablar de ella.

Su definición de jugar es meterse en la vieja biblioteca, sentarse en mi sofá, que ahora es suyo, y leer, pero eso sí, yo debo estar ahí por si no entiende alguna palabra.

Es curioso verla ahora, ese sofá siempre fue suyo, desde que lloraba en las madrugadas cuando era una bebé y yo me levantaba, la mecía y me sentaba en él a leerle.

Cuando cumplió dos años, corría hasta la biblioteca, ignoraba todos los libros infantiles que yo colocaba cuidadosamente a su altura y me pedía de los que estaban más alto, de los que yo siempre tomaba.

Ella fingía que leía y yo fingía que entendía, cuando ya se había cansado me daba el libro esperando que yo continuase.

Su primera palabra fue «mamá», por supuesto; la segunda fue «esos» y señalaba los libros.

Cuando cumplió nueve años, estuvo dos semanas intentando pronunciar Schrödinger correctamente, me escuchó mencionarlo durante la comida y cuando me preguntó quién es él, estuve una hora divagando sobre superposición cuántica hasta que se quedó dormida.

Antes solía preocuparse porque en la escuela nadie comprendía de lo que hablaba, porque se tropezaba al caminar y no entendía la “función de las fiestas”, “ya lo entenderás” dije; mi esposa dice que es igual a mí, desearía haber sido la mitad de lo que es ella cuando yo tenía 12.

El pequeño tiene el carácter de su madre, su primera palabra fue “mía”, se refería a ella; sigue enamorado de «la isla misteriosa». Nunca ha permitido que yo le lea ni un poco; puedo ser el capitán del barco o el chef a cargo, pero nunca el narrador, ése trabajo es exclusivo de ella para él, y lo comprendo, su voz es el sonido más tranquilizante que jamás escuché.

Mi esposa, mi compañera; a ella la conocí en la fila del cine, a decir verdad, sólo la vi ahí; mi personalidad retraída no me permitió acercarme. Ella, al igual que yo, iba sola.

Lo primero que hice fue pensar en la probabilidad de que ella y yo entrásemos en la misma sala, se estaban emitiendo ocho películas por lo tanto había un desalentador 12.5% de probabilidad. Ella se sentó a mi lado y ese día comencé a creer en el destino.

Durante toda la película no pare de mirarla de reojo, en un momento, nuestras miradas se cruzaron y vi un atisbo de sonrisa en sus labios, no pasó nada más hasta la salida, donde me llené de valor, caminé hacia ella y me di cuenta de que era incapaz de hablarle por lo que desistí. 

Salí del cine y caminé cabizbajo hasta que sentí algo en el hombro; volteé y la vi, con su mano sobre mí, ella sonrió, nunca se fue desde entonces; es tan fuerte que logró sostenerme cuando estaba desolado.

En el momento que cumplimos nuestro primer año de novios yo comencé a ahorrar para una casa, no podía dejarla ir. Aún recuerdo las salidas que ella pagaba porque de la emoción, y sin darme cuenta, depositaba todo el dinero en mi cuenta de ahorro.  Nunca me lo reprochó, «una mano lava la otra y entre las dos lavan la cara» decía y sonreía.

Cuando por fin estaba lista la casa, la invité al cine donde nos conocimos, metí la mano en el bolsillo y ella dijo «¿Al fin está lista?, no sabes guardar secretos, sí, me quiero casar contigo», nunca lo entendí, ella siempre sabe todo y siempre supo mis planes, pero sabía la ilusión que me daba guardar el secreto para sorprenderla y esperó a que yo estuviera listo.

Ella no confiaba en mis habilidades de diseño, yo sólo quería poner los cuadros de Christine Morren y elegir la madera de la biblioteca; ella preguntaba mi opinión a cada cosa y me tomaba en cuenta, eso era la razón de mi felicidad, siempre hemos sido un equipo.

Ella confío en mi cuando dije que quería ser analista de textos de divulgación científica, yo siempre supe que ella sería la mejor escritora de ciencia de ficción del mundo, ambos trabajamos de docentes durante años mientras hacíamos nuestros sueños realidad.

Un día, me despertó, sudando dijo «lo tengo» y me narró la historia más maravillosa sobre el espacio que jamás había escuchado, creó un Best Seller tras otro. 

En ocasiones, cuando ella debía ir a firmas de sus libros, yo moría de celos sabiendo que es tan perfecta que cualquiera podría enamorarse, encontraba paz cuando volvía y recostada sobre la cama, con las mejillas pegadas a la almohada como una niña pequeña, me narraba de principio a fin su día.

Un día, entré como loco a la habitación hablando sobre la contraposición de teorías entre las partículas de tiempo y la constante temporal y, aunque estoy seguro de que ella no entendía de que hablaba, porque estaba muy acelerado, cuando terminé se puso de pie y comenzó a aplaudir. 

Cuando comencé a ir a conferencias sobre mis trabajos, como un ritual antes de salir, ella me besaba tiernamente en los labios y en el anillo de bodas, yo sabia que nunca me iría. Cuando volvía, nuevamente, se recostaba en la cama y pegaba las mejillas en la almohada, me escuchaba atentamente mientras divagaba sobre todo.

Hoy sólo tenemos paz, ella la tiene, yo la tenía hasta que salí a recoger el correo y descubrí un sobre rojo con mi nombre; dentro había una carta que decía lo siguiente:

A quien corresponda

Su día ha llegado, este es el final de su vida, su servidora, la muerte, ha concluido que es su momento de llevarlo, por lo tanto, esta carta es un ultimátum.

Cumpla el día de hoy con todos sus pendientes, prepare una maleta con lo más importante que desee llevarse y no deje cabos sueltos.

Hoy por la noche, iré en persona a buscarlo.

10:00 pm, procure estar listo.

Atentamente 

La muerte

Al terminar de leer la carta, esta se deshizo en mis manos.

Salí a jugar con mis hijos, besé a mi esposa hasta el cansancio y lloré, porque aquel que no llora sabiendo su muerte no ha disfrutado su vida.

Preparé una maleta con sus fotos y les dije cuanto los amo.

Dieron las 9:55 pm y moría de miedo, todos estaban ocupados, sólo ella notó cuando me levanté, me preguntó si pensaba mirar las estrellas, asentí, “usa una chamarra hará frio, ¿sabes?, te amo, siempre fuiste lo que yo esperaba, nunca mostraste más de lo que realmente eres y cuando te sentaste a mi lado en el cine, lo supe, tú eras el indicado, no sé por qué te digo esto ahora, corre, disfruta las estrellas y vuelve, te espero en la cama”, le di un último beso, caminé hacia la puerta mientras los ojos se me llenaban de lágrimas, ella dio media vuelta, sonó el timbre y sólo yo lo escuché, abrí y una mezcla de humo y hueso me tomó de la mano, me hizo caminar hacia adelante, cuando volteé para ver todo lo que se quedaba mientras yo me iba, una luz brillante me absorbió el cuerpo a escasos metros de la casa.

«Se veía tan feliz» dijeron todos, «no se lo merecía, salió a mirar las estrellas como de costumbre y un automóvil se volcó sobre él, si tan sólo lo hubiera acompañado».

Mi hija se paró a un lado de mi féretro, sacó una pequeña hoja arrugada y comenzó a leer:

“A un gran padre y esposo que siendo ateo ahora surca la nada”, siempre fue más lista que yo.

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