Cuando la sombra te alcance

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Emanuel Reyes Pérez

La noticia de su muerte se esparció por todo el país: en redes sociales, en podcast de horror y crimen, en periódicos y por malas lenguas que aseguraban que aquello había sido obra del Maligno, porque no era posible que algún hombre hubiera sido capaz de arrancarle las piernas a Alicia después del choque.

—¿Con qué finalidad? —se preguntaban los oficiales de policía al encontrarla—. Y sobre todo, ¿en qué momento? Si los paramédicos reportaron llegar unos minutos más tarde. 

Un viento macabro les hizo castañear los dientes y volver la mirada al automóvil destrozado, con el cadáver boquiabierto, prensado del tórax por fierros retorcidos y humeantes. El celular de la fallecida vibró, incesante. Un mensaje, dos, cinco: era su novio, que la esperaba, hambriento, en San Jerónimo de los Cerros.

—Te dije que esa muchacha no iba a llegar pronto, Darío —le dijo Ma Maribel—. Mejor ya pon el café y cenamos bolillos con cajeta.

Darío se excusó diciendo que Alicia quedó de llevar los tacos, que esperaran media hora más, y si no llegaba, ahora sí se comieran el pan. A regañadientes, la abuela aceptó. Acababa de convencerla, cuando el teléfono se le tapizó de mensajes de amigos y conocidos avisándole que su novia estaba muerta. 

—¡Cálmate, hijo! —le ordenó Ma Maribel—. Ve a decirle a tu tío Leonardo que te lleve a casa de la muchacha a esperar el cuerpo, en lo que yo prendo otro cirio. Es todo lo que podemos hacer.

Darío llegó al que fue hogar de Alicia y se comidió a barrer la sala y a acomodar los muebles para que el féretro cupiera. La caja con ella dentro fue puesta en su lugar a las cuatro de la mañana, y al velorio acudieron algunos abogados que le pregonaban a los familiares que conocían detectives infalibles que podían dar con el paradero de las piernas desaparecidas. Pero no los escucharon. Dentro del inmueble, el calor de las velas y el aroma a lirios hipnotizaban a los que rezaban el rosario sin ganas, con el peso del sueño como nunca jamás lo sintieron. 

—¿A qué hora va a ser la misa, señora? —preguntó el novio a la madre.

—Todavía no sé, Darío —le respondió apenas, tratando de no ahogarse con el llanto—. No encontramos al padre, o no quiso abrirnos. Entonces, hasta que él no diga, pues no hay nada. 

El muchacho se levantó y caminó al ataúd. El rostro de Alicia delataba una zozobra incurable. La admiró un momento, hasta que se percató que de la oreja le salieron pinacates que saltaban para estrellarse contra el vidrio. 

—¡Ay, mamacita! —gritó Darío, retrocediendo—. Algo feo pasa. ¡Doña Clo, don Erasto!

En ese instante, el olor floral se disipó para dar paso al hedor a podredumbre que impregnó los pulmones de los asistentes.

Hubo un entierro de emergencia del que se dijeron muchas cosas, pero el rumor que más sonó en las calles fue que durante la caminata al panteón, mezclados con los dolientes, iban hombres con patas de chivo y guajolote que de cuando en cuando emitían gruñidos y palabras en un idioma incomprensible. 

Tras ese suceso, nadie salvo un puñado de gentes continuó entablando relaciones con la familia. Darío, preso de la nostalgia, iba cada martes a visitarlos, con un pay de limón o un flan napolitano para compartirlo mientras platicaban de las historias de la infancia de Alicia. 

—Siempre le gustó mucho el fútbol —dijo don Erasto, limpiándose las mejillas con un pañuelo—. Pero sabrá Dios dónde quedaron esas piernas y quién tendría el corazón para quitárselas. En todo el tiempo que llevo aquí en San Jerónimo de los Cerros, nunca vi algo como eso. 

Sus gestos, los de doña Clotilde y los de Osmar, su hermano menor, eran compungidos, y a veces, parecía como si quisieran sacarse de la mente algo que los torturara. Darío indagó más en el tema:

—Oigan, ¿y la policía ya no les dijo nada más? —preguntó—. Me refiero a que si ya se dio carpetazo al asunto, y si sí, ¿qué onda? ¿Ya no harán nada con el tema de las piernas?

—Ya sabes cómo son de corruptos esos cabrones —dijo don Erasto, tragando saliva y limpiándose el sudor de la frente, antes de desviar la charla—. ¿Y tú Ma Maribel cómo está? ¿Ya le llegó su pensión? Porque creo que a mi mamá le retuvieron sus pagos esos hijos de la chingada. 

La noche de ese martes, Darío revisó en las redes todo lo que se murmuraba en torno al accidente de Alicia, y encontró grabaciones con las que se afirmaba que un espectro fue el que, en un abrir y cerrar de ojos, le arrancó las extremidades a su novia para luego desaparecer sin dejar rastro. 

—Darío, chamaco, ya ni avisas a qué horas llegas —dijo Ma Maribel, asomándose en el cuarto—. Ya vente a cenar, preparé enfrijoladas, y saca la coca del refri, porque me acabo de bañar y no quiero que se me vaya la boca chueca. 

El joven dio un respingo y asintió. Las aseveraciones del internet le calaron hondo en los huesos, y a pesar de tener su comida favorita enfrente, no pudo enfocarse en otra cosa que no fuera el ser desfigurado y negro que se dejó ver por la cámara de seguridad que captó el accidente. Ma Maribel lo notó extraño, y le recomendó disfrutar el platillo, y después, orar un buen rato para dejar en manos de Dios lo que lo atormentaba. 

—Ma Maribel, ¿tú crees en los fantasmas?

—Tanto así como las sábanas que vuelan, no —respondió la abuela—, pero sí creo en el Mal, y en los seres que no encuentran el descanso eterno por apegarse a él. Pero no te espantes, porque también existe el Bien, y en eso hay que tratar de basar nuestra vida. ¿Por eso andas así? Ya no creas los chismes que ves en el teléfono. Namás quieren asustar a la gente. 

—¿Y tú cómo sabes que eso es lo que me tiene así?

Ma Maribel dudó en si responder o no, sin embargo, las palabras brotaron de su boca chimuela: 

—Leonardo me contó. 

Ambos se fueron a acostar terminando el noticiero. Darío apagó la luz. No obstante, la sensación de que algo lo escudriñaba al lado de la almohada lo hizo apretar los párpados y rezar frenéticamente oraciones a cachos, conforme se iba acordando. Tomó valor y se levantó a prender el foco. Trató de tranquilizarse. No pudo. No supo si fue un sueño o la imaginación, pero vio a Alicia gritando en medio de un páramo atiborrado de maniquíes de carne. Abrió los ojos, sobresaltado, sudando frío y con las manos entumecidas. Checó el reloj. Eran las cinco de la mañana. Mejor se preparó un café, se bañó y salió a la comandancia con la urgencia de escuchar razones lógicas, aunque en la mente le flotaban las palabras de Ma Maribel, el video de Facebook, las teorías infernales de los youtuberos y el recuerdo de los semblantes de los padres de Alicia. 

Para que lo dejaran entrar, mintió diciendo que iba a presentar una denuncia. Estando en el escritorio, le rogó a la oficial que lo atendía que por favor, le dijera con quién podía checar lo del caso de la joven sin piernas.

—Era mi novia. Ya sabe todo lo que se dice y de verdad, quiero saber qué pasó, qué dice el informe pericial. Me estoy volviendo loco. 

La policía lo miró con preocupación. Se levantó de la silla giratoria y miró a los lados para cerciorarse de que nadie los escuchara.

—Ay, joven. No me digas que tú eras el susodicho. 

Darío se tronó los dedos, uno por uno y clavó sus pupilas en las de la muchacha.

—Te voy a decir la verdad que todos los de aquí dentro sabemos —dijo, suspiró y tomó aire—: El caso de esa muchacha, Alicia, se cerró porque nos dio miedo meternos en algo turbio, no con delincuentes, sino con fuerzas malas. Todos vimos el video que está en redes y yo misma le sugerí al comandante no averiguar más. 

—Pero, ¿por qué?

—Ay, chico —dijo la oficial, arrepintiéndose de seguir con la plática, pero convencida de que debía continuar—, te lo resumo: fue brujería. Esa mujer estaba metida en asuntos de esos. 

—¿Y usted cómo sabe?

—Porque mi abuela fue la que le hizo el trabajo de magia negra para amarrarte a ella y que no te le fueras jamás. Me lo confesó después del accidente. Fue un hechizo en el que le juró por sus piernas al Maligno cumplir con su ofrenda. ¿Qué era? Sepa. Pero la noche del choque, algo interrumpió todo y se le regresó el mal.

Darío hizo memoria y lo comprendió todo. Recordó que tras ir a ver al tío Leonardo, escuchó a Ma Maribel decir, mientras prendía el cirio:

—No es pecado devolver el mal a los que quieren chingar a los que uno ama.

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