El guardián del silencio eterno

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Sonia López Lindero

No le cuenten esto a quien solía ser. 

Si se entera de lo que pasará… 

Es como una verdad oculta, que todos saben que esta ahí, pero que pocos se atreven  a mencionar, les recuerda lo frágiles que son, lo efímeros, lo humanos.  

Hay un hombre escribiendo un diario, la luz, tenue y cálida descansa sobre su mesita  de noche, como un testigo. Escribe esperando que el silencio deje de ser tan  abrumador, tiene la esperanza de que el tiempo se detenga, que sus mejores  momentos puedan revivir. 

Teme que el aire se lleve sus palabras, que el fuego las consuma. 

Su nombre no lo sabemos, es solo uno más, viviendo al mismo tiempo que millones,  su propia historia.  

La diferencia es que el la escribe en una agenda vieja, con tantas hojas que algunas  fueron añadidas después de terminar las suyas propias, es tan gruesa, que ya no se  puede cerrar.  

Escribe su historia, con la esperanza intacta de nunca olvidarla, de no olvidarse a si  mismo.  

En las letras se deja el alma, como si fueran un reflejo de lo que hay dentro. O eso  cree el.  

Cuando algo no le gusta lo arranca y lo quema, sabe que puede volver a escribirlo  mejor, su historia solo será contada como el quiere que sea recordada, se permite  fallar y quemar las letras que no lo representan, que no lo llenan.  

Solo yo sé que hay páginas repetidas, que cuentan lo mismo una y otra vez. 

Solo yo sé que, en realidad, ya se ha olvidado a si mismo. Que su mente ha borrado su  nombre. 

Que su miedo más grande se hizo realidad. 

Lo han olvidado…

No le cuentes está historia, a quien solía ser.  

Porque si la supiera… 

Se aferra al sonido de la risa de su hija, al brillo de los ojos de su amada, se aferra a  los brazos que lo rodeaban, a las cenas familiares y a los festejos de cumpleaños, se  aferra a los recuerdos. 

Quizá debería leer su diario una vez más, para recordarse quien es. Pero mejor que  no lo haga. Porque su historia hace mucho dejo de tener coherencia. 

No importa. Yo la recuerdo. Yo la leí de principio a fin, yo ayude a qué fuera escrita.  Yo escribí su final y también su principio.  

¿Por qué será que le tiene tanto miedo a la muerte? 

Yo lo observo desde una sombra, con el aspecto con el que siempre se me ha  descrito. Espero paciente el momento que me permita tomarlo de la mano, para irnos  juntos. 

Mientras escribe, un búho llega al umbral de su ventana. Lo observa, sigiloso, con sus  plumas grises y los ojos como soles. Él ya lo sabe, es mi mensajero. Intenta  prevenirlo, espero que no tema, que abrace lo que eso significa. 

EL búho regresa un par de veces más, no canta, solo observa con atención cada  palabra que el hombre escribe en su diario. Yo también estoy aquí, sentado en su  cama, esperando que por fin me acepte.  

La última noche que lo observo ya no intenta escribir nada. Por primera vez lo veo  cerrar su diario, con la mirada decidida hace a un lado su vieja pluma, se pone de pie  y se acuesta a dormir sin pensar cual será la siguiente página que escribirá. Antes de  conciliar el sueño busca al búho en la ventana. Pero ya no lo ve. Ha llegado la hora.  

Por fin se ha soltado. por fin me ha aceptado.

Las letras no lo salvarían de la verdad que lo había estado esperando desde hace  mucho tiempo.  

Cuando despierta yo estoy sentado junto a él.  

Se incorpora lentamente en su cama y me observa como si ya supiera quien soy. 

Tal vez me reconoce por el aroma a copal que flota en el aire. O por la brisa fresca del  cempasúchil qué viene con las corrientes de aire. 

Quizá me reconoce porque soy hueso. Porque que mi silencio pesa. O porque mis  ojos –negros y antiguos– son tan profundos que parecen contener el cielo nocturno. 

En su mirada no hay miedo, sino reconocimiento. El búho canta a mis espaldas y el  viento se vuelve cálido. Aun con sus ojos fijos a los míos lo envuelvo en mis brazos, no  como quien arrebata, sino como quien recibe. No como una despedida, más bien  como una bienvenida. 

No hay miedo, solo amor. Su cuerpo se convierte en polvo dorado, mi tierra lo reclama  con ternura, igual que yo. Tomo su corazón aun latiendo en mis manos. Con mi  aliento de estrellas lo convierto en una flor de terciopelo y la coloco sobre mi corona.  

A partir de ahora no volverá a mirar atrás, y eso no significa que tenga que olvidar, solo  aprenderá que su historia aun continua. Su perro guía, Nahui, un xoloitzcuintle lo  espero junto a mi todo este tiempo, para guiarlo en el camino donde el alma ya no  pesa.

No soy un mito, ni un cuento.  

Soy MICTLANTECUHTLI, el guardián del silencio eterno.  El escritor de historias, el dador de vida.  

Soy la voz del viento, las cenizas del fuego.  

El que custodia los huesos, el que recibe sin juicio, sin prisa. 

Soy el polvo del copal, el naranja encendido del cempasúchil.  Y esta historia que creíste tuya,  

la he narrado yo desde el principio.  

Incluso en tu muerte, me pertenece. 

No vengo a quitarte la vida.  

Vengo a hacerte renacer.  

No estoy aquí para herirte,  

sino para recordarte que incluso en la muerte:  

hay memoria,  

hay amor,  

hay camino. 

Esto no es el final.  

Es el regreso a lo que nunca se perdió.

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