Dora Luz Herrera Jiménez
En realidad, la entiendo. Yo también envidiaba a Fernandito. Era claro que el amor que le tenía su madre era más inmenso que el que la mía sentía conmigo. Mamá decía que exageraba y que las circunstancias eran diferentes, pero yo jamás sentí que mi madre me adorara con tanta enjundia.
Fernandito y yo teníamos la misma edad. Su mamá y la mía fueron mejores amigas desde pequeñas, por ser vecinas del barrio. Jugaban a las matatenas, saltaban la cuerda y soñaban con su futuro ideal, que después se transformó en un defectuoso presente. Mamá decía que el anhelo de Josefina siempre fue un hijo varón, por eso hacía menos a sus otras hijas, pero no era que no las quisiera. Por su parte, mamá solo quiso un hijo y ese fui yo. Y aunque cualquiera creería que me tocaría más amor a mí que a Fernandito, por no compartirlo con ningún otro hermano, nunca fue así. El corazón de mi madre jamás tuvo las dimensiones que el de doña Josefina.
El día del cumpleaños dieciséis de Fernandito, mamá se paró desde temprano, a pesar de ser sábado, y me despertó con un grito.
—¡Miguel!, ya levántate, tenemos que ir por el regalo. ¿Qué le podremos comprar?
Yo le torcí un poco los ojos, lo que la obligó a pellizcarme el brazo.
—Levántate ya. Primero iremos por el regalo y luego les vamos a ayudar. Ya ves que Josefina en estos días se pone mal…
Mamá se dirigió a la cocina y el olor a café se apoderó del aire. Prendió el estéreo y, con el mínimo volumen, tarareó su canción favorita: I can give you anything but love. Me la imaginé bailando mientras me duchaba, pensando en la ropa que me pondría y en que, aunque en unos días yo también cumpliría años, mamá solo me llevaría a comer. Ya no me hacía fiestas.
Luego de discutirlo por bastante rato, mamá supo qué comprar. Salimos de Liverpool con un cargo de dos mil pesos en su tarjeta y un paquete de doce barras de Lindt Excellence Chocolate. No oculté mi disgusto. Mi rostro enfadado contrastaba con el suyo, sonriente.
—Ma, es que él ni se los va a comer.
—¿Y tú cómo sabes?
Sacudí la cabeza, resignado. No nos referíamos a lo mismo, aunque los dos sabíamos que las beneficiadas serían sus hermanas. Lucero, la mayor, a quien por cierto yo adoraba, pasaba horas tirada en el césped con los audífonos que mi madre le compró, hace dos años, a Fernandito. Por su parte, Leilany se inscribió en un diplomado de fotografía, y usaba la cámara que le regalamos a Fer cuando cumplió sus quince primaveras.
—Es que es bien difícil saber qué comprarle ¿no? Pero bueno, mientras quedemos bien con Josefina…
Mamá estacionó el auto sobre la desgastada acera. Las canciones de Voces Blancas resonaban por el vecindario y uno que otro niño se asomaba con impaciencia por su puerta. Las fiestas de Fernandito cada año eran mejores, todos lo sabíamos. Cada vez más brincolines, más piñatas, un pastel más grande.
Cuando llegamos, tuve la misma conmoción que me entraba de niño. Por eso casi no me gustaba jugar con Fernandito. En su casa ocurrían cosas raras: se veía el pasar de las sombras y se escuchaban muchos ruidos. Mamá decía que eso ocurría desde que era pequeña. Los papás de Josefina arrojaban agua bendita todos los domingos, hasta que asimilaron la idea de vivir en una casa embrujada.
Para las personas que no eran tan cercanas a la familia, entrar resultaba sofocante. Pero para nosotros, los invitados de siempre, esa turbación era habitual. En mi recuerdo más antiguo de la casa, jugaba a las escondidas con Lucero y Fernandito. Lucero y yo nos escondimos bajo el colchón, y Fernandito fue a buscarnos a la sala. En ese momento, nos jalaron los pies. No sé quién gritó más fuerte. Ambos fuimos arrastrados hasta Fernandito, quien ignoró nuestro llanto y se rió a carcajadas. Había ganado el juego. Fernandito era el consentido hasta de los mismísimos fantasmas.
Mamá saludó a Josefina y, en medio de un abrazo suave, le entregó el regalo. Josefina sonrió a medias y le devolvió el abrazo. Yo detestaba mirarla a los ojos, pero tuve que hacerlo.
—Ya estás bien grandote, Miguel, bien grandote.
Mientras me recorría con la mirada, sus ojos se llenaron de lágrimas y de su nariz colorada se resbalaron cabezas de mocos. En ese momento me estrujó con sus brazos. Sus senos se clavaron en mi cuello, lo que me provocó cierta asfixia, porque estando allí evitaba inhalar su repulsivo aroma a tierra, sal y humedad.
Una vez que me soltó y le agradeció a mi madre nuestra presencia, me alejé para explorar. En el centro de la sala, como siempre, se hallaba el retrato de Fernandito a los ocho años, con el trajecito de marino con el que jugábamos a ser piratas. Yo tenía uno parecido, pero mamá lo regaló. En cambio, la mamá de Fernandito lo tenía guardado y planchado dentro de un cajón. Lo sé, porque el año anterior nos lo había enseñado, en el cuarto de Fernandito, donde conserva absolutamente todo como cuando era pequeño.
Josefina también encapsuló el pasado en las largas columnas que componían su hogar. Las fotos de un Fernandito en la primaria, en el circo, disfrazado de león y su cara de chiquito colgaban en los portarretratos oxidados, mismos que ahora estaban alternados entre chuscos globos de colores y una que otra veladora.
El grupo Los Pirulos tomó el protagonismo acústico cuando Lucero se reflejó en mis ojos, con el semblante cansado de siempre, que ahora se veía más pronunciado por la compañía de sus hombros arqueados y su piel blanquecina. No sé por qué la quería tanto. Yo supongo que porque compartíamos la misma pesadez desde los ocho y diez años.
Ella me miró con las pupilas vacías y, en lugar de sonrisa, le salió una mueca. Los dos nos contemplamos. Había pasado mucho tiempo desde ese día, pero nos hallábamos en el mismo sitio: frente con frente, rostro con rostro. Anhelé darle un abrazo tan prolongado, como el de hace ocho años, pero antes de que yo reaccionara ella giró su cuerpo y desapareció en el pasillo.
Decidí seguirla. Los niños que habían llegado jugaban a las atrapadas en el jardín. Mi madre, Josefina y el resto de sus amigas se encontraban en la cocina, organizando la distribución de los platillos. Comenzó a sonar la canción de Abejita chiquitita del payaso Plim Plim y, tuve nervios de recorrer la casa solo. “En algún momento”, pensé, “me saldrá algún espanto, como los que me salían antes”. Pero cualquier susto valía la pena si la encontraba a ella.
Leilany apareció de pronto.
—Ey, Migue, ¿Cómo estás?
—Hola, Leilany, bien… estoy buscando a tu hermana ¿sabes en dónde está?
—No, pero seguramente en el cuarto de Fer, ya sabes… ella y su necesidad de compararse.
Me dirigí hacia la habitación de Fernandito, sin temor de parecer imprudente, porque sabía que Lucero me esperaba. Abrí la puerta sin siquiera tocarla, me introduje en el cuarto y me senté en la cama. Lucero estaba conmigo.
—Ya no sufras, no fue nuestra culpa.
Ella me miró con la cara resignada.
—No es eso, Miguel, yo sé, no fue nuestra culpa. Lo que me duele es que mamá no piensa lo mismo.
—No digas eso, Lucero, ella lo sabe. Se lo dijo a mi madre y también me lo dijo a mí, unos días después de que pasara. Éramos unos niños y estábamos jugando. Lo que pasa es que para tu mamá fue muy duro. De eso no podemos culparla.
—Pues parece que cree que yo lo maté. Siempre tengo la sensación de que, incluso muerto, a él lo quiere más.
—En eso sí te entiendo… pero el cariño que no te ha dado tu madre te lo regalaré yo. ¿Te parece?
—Me parece.
Entonces nos dimos un abrazo. Y permanecimos abrazos. Abajo pasó la fiesta. La repartición de pastel y el recuento de anécdotas. Nadie sintió nuestra ausencia porque fue llenada con la presencia invisible de Fernandito. Arriba solo pasó el tiempo mal aprovechado. ¿Cómo iba yo a saber que, aunque siempre reproché que el amor de mi madre no era como el de Josefina, el mío era igual de insuficiente ante los ojos de Lucero?
No habían pasado más de diez minutos desde que me despedí de ella y bajé en busca de mi madre, cuando escuchamos su grito. Un grito seco, sin rabia, sin resentimiento. Era un grito de cansancio, que exigía la atención que le arrebataron desde los diez años.
—Pobre Josefina, que duro debe ser perder dos hijos —comentaban las invitadas de la fiesta cuando llegó el forense a levantar el cuerpo.
Pero para Josefina, lo duro no fue perder a Lucero, sino que arruinó el cumpleaños dieciséis de Fernandito y que manchó, precisamente, el mismo sitio donde murió su amado hijo.

