Luis Fernando Rangel
El día en que la fiebre
me mantenga atado a la cama,
sabré que es hora de despedirme.
Veré el amanecer y el sol
se me escurrirá por los ojos.
Trataré de levantarme; y preguntaré
quiénes siguen vivos, quiénes
duermen bajo la tierra;
y me echaré a llorar.
Mis lágrimas serán de oro,
de trigo, de luz, de cansancio.
Ojalá que me sepulten con los ojos inundados
y se olviden de colocar un puño de monedas sobre mi rostro.
Eso sí, lloren lágrimas doradas por el sol.
Para el perdón no bastaría con mi propio llanto

