Luis David Arroyo
ACAJETE, PUEBLA, 1934
CASA DE MICAELA ORTEGA
La casa de la bruja, como sería conocida por generaciones de inadvertidos curiosos, se escondía tras la espesura del bosque. Cuando el tataratatarabuelo de Micaela Ortega puso el primer ladrillo, no había nada más que monte descampado y olor a humo. Los primeros en llegar quemaron toda la tierra para hacerla fértil y poder construir sus hogares. Don Eustacio, que así se llamaba el señor, era bien conocido por buena gente y ermitaño, por eso se alejó lo más que pudo y fue a construir su casa allá en la punta del cerro. ¿Qué vida vamos a tener aquí, Eustacio? –lo cuestionó su esposa. La vida que nos merecemos, aquí y en cualquier lugar. Esa es la vida que tenemos –sentenció Eustacio. Y así fue, los hijos que vio nacer crecieron fuertes y felices; sin ostentar excesos, nunca les faltó nada. Sin embargo, Eustacio se fue a morir en el fondo de un barranco ocho meses y medio antes de que naciera su último hijo. No lo conoció ni por asomo y al hijo, Eustacio, le tocó conocerlo sólo por el nombre que cargaban ambos, uno desde la muerte y el otro toda la vida. Sin saber por qué, Eustacio mereció una vida escueta y amarga, en compañía de los árboles endebles que comenzaban a echar raíces alrededor de la casa. Éstos lo acompañaron hasta la muerte cuando, una mañana tendida sobre una manta de niebla, arrodillado, Eustacio desistió de seguir viviendo.
Las primeras décadas, la casa se levantó imponente al ocaso, como un centinela vigilando el pasar del tiempo, pero conforme los árboles se hicieron bosque la espesura encogió la casa, que desde hace tiempo ya se esconde amedrentada entre las hojas, escapando del sol. Eustacio, siendo el más pequeño, murió el más joven. En una remembranza simbólica del hermano olvidado, los tres hombres que nacieron después de su muerte vivieron con el mismo nombre prestado. No obstante, como compitiendo por ver quién lo hacía más rápido, para cuando murió el tercero otros cuatro en su lugar ocupaban ya el nombre.
La casa ya no recordaba el sol cuando Micaela Ortega vino a este mundo envuelta en penumbras. Su abuelo, el padre de su padre, fue el primero en cuatro generaciones en darse cuenta del estigma de su nombre, pero decidido a contarlo hasta que fuera pertinente, muy tarde Eustacio, el padre de Micaela, se encontró una carta doblada en un libro viejo y empolvado que explicaba todo. La descubrió cuando su esposa ya estaba embarazada y el miedo lo paralizó por meses. Pasaba día y noche sin saber qué hacer, anticipando su inevitable muerte. Con cada día que se acercaba el parto, era un día más cerca de morir. El último mes, Eustacio no salió de la cama, resultando en un saco de huesos arremolinados sobre las sábanas. Esquelético, se incorporó a medio levantarse, agachado por el peso que le quedaba, y fue al parto. Con el alma en vilo, vio en Micaela una promesa deslumbrante que arrojó luz sobre la oscuridad de su destino. Sin embargo, a la casa poco le importó; permaneció recluida tras la sombra de los árboles sin permitir que una sola brisa del sol entrara por ningún resquicio.
Al poco tiempo, anticipándose, planeando, Eustacio solucionó su miedo a morir con la muerte de su esposa, pero ésta, la muerte, se puso inquieta. Desde ese día algo despertó en la casa, algo caprichoso e inestable. Al principio pasó inadvertido para Eustacio y Micaela; una ventana se cerraba para interrumpir una brisa fresca o una puerta se abría de golpe azotando contra la pared. Pero después, entre ventanas abriéndose y puertas cerrándose, las velas se prendían solas y las cortinas se ondeaban bajo un viento septentrional en pleno estío; el fuego se alzaba por la chimenea hasta alumbrar la punta de los árboles que rodeaban la casa; las alacenas amanecían todas abiertas; un frío glacial los paralizaba cuando afuera el sol quemaba; y mojaban la ropa de sudor en las noches de invierno.
Micaela aprendió temprana la vida a vivir no en la casa, sino con ella. Aunque al principio uno que otro susto le sacó, no le costó disfrutar del entretenimiento y dejarse llevar. Las intenciones de la casa nunca fueron violentas. Sus conductas podrían incluso pensarse como meras travesuras de la infancia, inocentes, pero Eustacio poco a poco empezó a volverse loco, atormentado por una pretérita culpa ajena y otra propia que nunca se atrevió a confesar. Cinco años le duró la culpa en el cuerpo, hasta que a los cuarenta murió de viejo y de dolor, envuelto en tinieblas, frente a la luz de su destino.
Desde que quedó huérfana, ningún familiar se preocupó por visitar a Micaela. En el pueblo tardaron semanas en enterarse de la muerte de Eustacio y para entonces ya era tarde. Todos se olvidaron de ella, pero creció en complicidad con la casa que la introdujo en la mística del mundo y la inició en los caminos ocultos que esta tierra tiene para ofrecer. Como libro, en las paredes de madera, en cada tablón, en cada hueco, la casa talló infinitas lecciones de ascetismo, ocultismo, meditaciones, sabiduría y artes curativas.
Tras una infancia de anacoretismo, decidieron que era momento de empezar. Antes del amanecer, envuelta en la neblina de la montaña, Micaela bajó a la plaza del pueblo y curó al primer enfermo que se encontró. Deambulando a lo lejos, entrevió a un anciano atormentado por un dolor de muelas. Se acercó silenciosa y con sólo apoyar la mano en su hombro el dolor desapareció. Desde entonces se ganó el nombre de “la niña milagrosa”. Por varios años, todas las madrugadas bajaba a curar a los enfermos y por las tardes regresaba a su casa a estudiar las escrituras.
No tuvo la suerte de hacerse mujer, porque cuando dejó de ser niña se convirtió en bruja. Coincidió que una mañana le limpió las cataratas a una anciana y el sol quedó en tinieblas unos minutos. La bruja, al ver lo que pasó, salió huyendo y, una vez salió del paroxismo, el pueblo aterrado la persiguió hasta su casa. Micaela apenas cerró la puerta y la gente ya la rodeaba como hormigas. A través de las ventanas, muchos vieron las paredes talladas, los cuartos oscuros en pleno día, los estantes repletos de frascos, el suelo lleno de huesos y pieles secas.
El primer instinto de varios fue meterse, pero al intentar forzar la puerta o las ventanas, un viento seco y duro los aventó hacia afuera. La segunda reacción fue quemar la casa. Mientras unos hacían manojos de hierba, otros prendían en fuego los árboles del rededor. Las llamas rápido alcanzaron la casa y, con ayuda de los manojos incendiados que lanzaron al techo, se alzaban a más de dos metros de altura, cubriendo todo. La gente se alejó un poco para ver en silencio el sol que habían creado. De pronto, un vértigo los arrancó del trance y los tumbó de espaldas, ese vértigo de cuando algo se nos acerca rápido y sentimos que nosotros somos los que nos movemos. La casa se sacudió las llamas como si se sacudiera el polvo y el fuego se extendió por el cuerpo de varios.
Así como se prendió, la casa se apagó, sustituyendo las flamas con gritos de dolor. Por fuera, las paredes negras y achicharradas parecían de papel. Los más valientes se acercaron a las ventanas manchadas de hollín. Los más tercos las limpiaron con la palma de la mano y dentro vieron una tela negra de carbón que lo cubría todo. No escucharon ningún ruido y nadie se atrevió a entrar. Dieron por muerta a Micaela; atribuyeron el fuego que escupió la casa a algún efecto científico que no se molestaron en explicar, alguna corriente de viento atrevió el más sagaz. Volvieron a sus casas, siguieron con sus vidas.
La dejaron sola por un tiempo, hasta que varios años después un doliente, impulsado por unos achaques intensos, se atrevió a probar suerte. Tras caminar varias horas con el paso de enfermo que traía, la casa negra lo recibió entre el verdor del monte y regresó curado. Desde entonces, la leyenda creció por sí sola. Cuando la gente de otros pueblos venía a preguntar por la bruja recibían por respuesta: al fondo de la montaña, en la punta del tercer cerro, detrás de la espesura del bosque, se esconde la casa. Muchos fueron los que se perdieron en el camino y muchos fueron los que el bosque ayudó a llegar.
La madrugada de un domingo de otoño de 1934, Micaela Ortega fue a la plaza del pueblo a esperar la muerte. A la hora de la primera misa, una rencorosa turba enfurecida se congregó a su alrededor. Auspiciada por las autoridades civiles y eclesiásticas, en presencia del presidente municipal y del cura, Micaela murió linchada. La casa negra permanece como una fortaleza, con las paredes de papel y el hollín pretérito manchando las ventanas. Ahora los niños, nietos y bisnietos de los asesinos, juegan a ir con la bruja. Los más viejos, para espantarse el miedo y la culpa, les dicen en tono burlón: a los curiosos de ojo grande que se atrevan a asomarse, les espera un buen susto, y otros más, si buscas a la bruja, ella te encontrará.

