DORA LUZ HERRERA
Sus efímeras yemas golpean las teclas con pulso agitado. El martes se desvanece por la ventana. Las palabras corren tras un sujeto prensado en papel. Construye la grotesca atmósfera de su llegada. Toma a la mujer portátil, gastada por un uso inadecuado de los agujeros que la quiebran hasta degradarla.
Personajes concisos. La mujer es carne. Una cosa inerte que espera, que nunca se sube, pero siempre se baja cuando el ventrílocuo mueve los hilos de su boca seca. En cambio, él es dinámico, capaz de duplicarse cuando le apetece que otros codicien y toquen a su erario.
Los dedos reducen su marcha. La página sostiene las líneas apretadas. Cavila en un desenlace apropiado. Mujer empoderada. Hombre arrepentido. El perdón de Dios todopoderoso que convierte la misoginia en literatura. Nada de eso sirve. Mejor no poner fin y acrecentar la historia.
Ahora, el hombre ya tiene rostro. Cabellos trasquilados, sonrisa chueca, nariz indiscreta, piel blanca. Autoritarismo justificado con raza. No conoce el sabor de sus labios. Los únicos dejos que han reposado en su paladar son del látex y del torrente de pescados que traga antes de la huida inmediata, que torna insoportable la espera.
Cambia el día. No es igual arruinar un martes que un sábado. Despojar al día de Saturno de su belleza natural es otra enunciación de poder. Cambia la hora. Madrugada con condena: no juntar los párpados por el vacío expresado en el desierto, en la ausencia interrumpida por un esporádico arrebato de placer líquido. Lo único invariable es ella. Siempre sentada, escribiendo, esperando y deseando saber si existe o si solo es otra página en blanco que él llena para no sentirse solo.
