MARISOL RAMÍREZ CRUZ
[1]
Tengo al fantasma de tu voz
sobre el hombro izquierdo.
Finjo sordera, pero mis ojos
como a Orfeo, me traicionan.
Debí haberlo sabido allí mismo,
no intentarlo demasiado.
Los lazos consanguíneos
no se rompen con sólo desearlo.
[2]
Si no tuviera consciencia
y me apegara a mi instinto animal
me atrevería a cruzar el umbral
que me ofrecen sus sombras.
Pero no tengo mi propio plumaje
así que creé un camuflaje
para poder adaptarme
a lo sutil de sus plumas.
Y me apuñalo el corazón
para que el color de este abolengo
me empañe un poco los huesos.
[3]
Mi cuidador me enseñó la diferencia
entre un ave de carroña
y una que es tan sólo presa.
Me gustaría ser corneja
y alimentarme en polifagia
de todas las cosas muertas
que se anidan en mi mente
y me acechan, con cautela, al dormir.
Pero estoy indefensa;
soy tan sólo el alimento del ansia
y entre mis contornos
se resguarda el miedo y su mirada.
[4]
Mi padre me enseña sus armas de caza, me dice:
«Uno debe apuntar al sur, más allá de la vista
soltar la carga con un solo dedo
sentir el flujo de las venas
y asestar al cuerpo del ave
de la que uno se aferra».
Pero padre, apunto en reversa
y cómo tener tu certeza
si soy la cría ciega
que busca dejar su propio cuerpo
escondido en las alturas.
Y cómo se supone que escuche
el sonido de la bala
si he nacido también sorda.
Mi padre me muestra sus armas,
les limpia el cañón y las alista
sobre sus hombros de fiera.
Y padre, cómo habrías de reconocer
las heridas provocadas en mi cuerpo
por tus propias garras
si de eso nunca hablamos.
Siempre sostengo
la mira equivocada
y le apunto al límite del horizonte.
Perdóname, padre
es el norte.
En mi hombro izquierdo se impone
el susurro tenue de su pólvora.
[5]
Me corteja la muerte,
levanta sus plumas:
Danza.
Tan sólo a esto se reduce.
Es lo que me han dejado
el padre de mi madre,
la madre de mi padre.
No hay más.
Que trine el soliloquio un canto de muerte.
Que se abalance sobre mí la desesperación.
Que se hinche mi torso ante el ruego:
Que mi cuerpo llore raigambre y silencio.
No hay más.
