DORA LUZ HERRERA JIMÉNEZ
Escribo bajo el influjo de un torbellino de noticias que se colaron dentro de mi casa. Mis algoritmos de redes sociales y la gravedad internacional del caso han ocasionado que el apellido Epstein se multiplique por sí mismo y encuentre cabida en los sitios donde yo no debería sentir desconfianza. La otra noche soñé con su rostro gris y agrietado. Lo reconocí antes de darme cuenta de que iba atada de manos en un vehículo blindado repleto de niñitas con vestiditos blancos. El paisaje se transformaba en una vorágine de ramas negruzcas, un amenazador laberinto sin ocasión de escape. Esa fue la misma noche en la que leí sobre la posible vinculación de Epstein con Madeleine McCann, y en la que me desvelé pensando que muchas de las desaparecidas de nuestro país terminaron en Little Saint James.
Desde que tengo conciencia del peligro que significa ser mujer en Latinoamérica, no he podido subir a un taxi con seguridad, tampoco salir de fiesta. Camino devolviendo el rostro hacia mis pasos, con la llave más puntiaguda empuñada por mi mano a forma de arma, tratando de ocupar los espacios menos peligrosos y las aceras con menos gente. Parece paranoico, ¿no? Me creía inmune al crimen, hasta conocer las estadísticas. Diario, en México, hay 10 mujeres asesinadas, 10 mujeres desaparecidas y 60 mujeres violadas. ¿Qué me hace pensar que soy tan especial como para que mañana no me convierta en una más de esa interminable lista?
Me sentía protegida porque cada mañana, antes de salir de casa, me suministraba a mí misma tres dosis de finas persignadas. Eso fue hasta antes de reflexionar en que los seguidores de los Legionarios de Cristo y los de la Luz del Mundo rezaban y se persignaban con mucha más fe de la que yo lo hacía. Pero incluso así fueron abusados en lugares sagrados y por personas consagradas al cumplimiento de las normas divinas. Al parecer Dios no tiene mucha jurisdicción en esta tierra.
A menudo sentía envidia. Renegaba de la violencia machista que se vive en Latinoamérica. Por eso, las recientes noticias me abofetean con fuerza: esto no ocurre en un solo conjunto olvidado de tierra. Al parecer, las mujeres estamos sentenciadas. Incluso las del primer mundo son explotadas, acosadas, violadas, asesinadas y desaparecidas, y no por sujetos cualquiera, sino por hombres poderosos, miembros de la realeza, del gobierno y de las industrias culturales que nosotros mismos hemos consolidado.
Esta no debe ser una lucha de mujeres contra hombres, debe ser una lucha de mujeres y hombres contra los poderosos. Una lucha contra el sistema patriarcal que nos gobierna, que se alimenta de las jerarquías, del poder, de la violencia y de la dominación de unos sobre otros. Un sistema de gobierno que, inconscientemente, hemos naturalizado y reproducido. Hemos legitimado el conformismo que contribuye a que esos sujetos incrusten el terrorismo en nuestro planeta y a que cometan atrocidades sin un solo castigo.
¿Por qué EEUU tiene como presidente a un hombre que aparece, hasta ahora, más de treinta y ocho mil veces en los archivos de Epstein? ¿Por qué el hombre más rico del mundo le rogaba a un pedófilo que lo llevara a la fiesta más salvaje de su isla? ¿Hasta dónde está bien fingir que nuestros oídos son sordos y que son ciegos nuestros ojos? ¿Se puede gozar de una conciencia limpia si hacemos lo que ellos quieren y volteamos el rostro para constituir el mutismo que los nutre?
El silencio es complicidad. Los hombres más poderosos del mundo encubrieron y perpetuaron un sistema que violó, asesinó, desapareció y, probablemente, se comió a su gente. ¿Por qué no hay más detenidos? Como si esa inmensa organización de tráfico sexual y prostitución infantil únicamente hubiera sido sostenida por una pareja de sujetos enfermos y no por el régimen mismo. El sistema es violento y pederasta, y no cambiará por sí solo si continúa gozando de nuestra colaboración.
Y es que, por momentos, podemos creer que el mundo mejora de poco en poco. Tener a la primera presidente mujer se disfraza del inicio del cambio. ¿Pero de qué sirve que el presidente cambie de sexo si no se cambian las estructuras con las que siempre se nos ha gobernado? El cuatro de noviembre del 2025, la presidente de México fue acosada por un hombre alcoholizado, que besó su cuello y trató de acariciar sus senos. El hecho fue grabado por los usuarios, quienes viralizaron el contenido, a pesar de que la persona abusada y revictimizada era la mismísima líder de la República. En los doscientos años en los que México fue presidido por varones, nadie los tocó sexualmente. ¿Pero qué pasa con los cuerpos femeninos? Terminan siendo “objeto” de deseo y se consideran una propiedad pública.
De todas las opiniones que se produjeron al respecto en esa ocasión, me impresionaron las que minimizaron la agresión. Incluso, algunos medios se atrevieron a poner en tela de juicio los hechos y afirmar que lo sucedido no era más que un montaje para crear una cortina de humo. ¿Es en serio? ¿Puede creerse que una mujer se mandó a abusar a sí misma y que se expondría de esa forma? ¿Cómo pueden cuestionar a las víctimas aun existiendo evidencias explícitas de sus agresiones?
En México, más del 90% de los delitos sexuales ni siquiera llegan a castigo judicial. Uno de los cientos de factores que ocasionan esas cifras tienen que ver con la falta de evidencia para efectuar una denuncia. Pero lo que le ocurrió a la presidente nos hace percatarnos de que las evidencias no aseguran que nos crean. Seguimos siendo cuestionadas, dudan de nuestros testimonios y minimizan nuestras experiencias. Si eso le ocurre a la máxima mandataria y si las mujeres que tienen el poder también son blanco frecuente de acoso ¿qué le espera al resto de nosotras?
Afortunadamente, Sheinbaum consiguió que su agresor fuera detenido, pero esa no es la realidad que enfrentamos el resto de mexicanas. Siglo XXI, 2025. Hasta noviembre del año pasado fue que la presidente de México prometió R-E-V-I-S-A-R si el acoso era un delito penal en todos los Estados. El acoso, del que han sido víctimas el 70% de las mujeres mexicanas mayores de quince años, ni siquiera es un delito sancionable. El hecho de que nos gobierne una mujer no significa que su gobierno esté en pro de las mujeres.
Eso nos quedó muy claro cuando más de cien diputadas votaron a favor de que cierto político mexicano no perdiera su fuero, a pesar de sus graves denuncias por intento de agresión sexual. Se apropiaron de la icónica frase “No estás sola, no estás sola”, que respalda a las víctimas que se atreven a denunciar a sus agresores, y lo usaron para encubrir y proteger a un posible agresor.
Independientemente de que el hombre sea culpable o no, ¿cómo es posible que exista el fuero político? No es coherente que nuestros gobernantes estén protegidos aun después de cometer crímenes y que sus víctimas no puedan denunciarlos y llevar a cabo un justo proceso penal. Es inaudito que sigamos manteniendo en el poder a violadores, acosadores y pedófilos. Es una vergüenza que nuestros diputados quemen con ácido a sus exparejas, violenten a muchachos de quince años, tengan denuncias de abusos sexual de más de sesenta mujeres o sean demandados por violentar sexualmente a sus hermanas e incluso a sus propias hijas. ¿Cómo es posible que sigamos creyendo y votando por esos monstruos en lugar de defender y respaldar a sus víctimas, que, por cierto, mañana podríamos ser nosotros y nosotras?
Con todo esto, tiene completo sentido que las iglesias de la Luz del Mundo y las de los Legionarios de Cristo conserven sus puertas abiertas y mantengan a sus fieles donándoles limosna. Todos somos caperucita roja cuidándonos del lobo que nos violenta, tan inocentes que, a pesar del miedo y del peligro, seguimos alimentándolo y cuidándolo. Continuamos sacrificando a nuestra gente y, de paso, a nosotros mismos. Si queremos generar un cambio habrá que empezar por cuestionar todo aquello que naturalizamos inconscientemente, a pesar de que incluso el lenguaje con el que pensamos sea parte de una construcción heredada y dominante. Vale la pena quebrar las estructuras del mundo para que pierda el rumbo que ha llevado siempre y para que, por fin, el sistema que reproducimos tan constantemente deje de beneficiar a bazofias como Epstein.

