DOMINIC LÓPEZ
El “Best Friends Forever”… ¿promesa o condena?
Es muy común escuchar conversaciones sobre relaciones tóxicas, red flags y vínculos dañinos dentro de una pareja. Pero apenas comenzó a hablarse de otro tipo de relación igual de compleja: las amistades tóxicas. Porque sí, también existen amistades donde el cariño se mezcla con el control, la competencia, la inseguridad y el desgaste emocional.
Quiero vincular este tema con una película icónica y, en su momento, incomprendida: Jennifer’s Body.
Una película que durante años fue reducida únicamente a la imagen hipersexualizada de Megan Fox, cuando en realidad esconde más subtextos. Hoy algunos la consideran una película con una ligera conversación feminista por la construcción del personaje de Jennifer y la forma en que habla sobre la cosificación femenina. Y sí, creo que la película tiene muchísimo que decir sobre eso. Pero yo quiero irme por otra tangente: la amistad femenina.
Para quienes no la han visto, la historia sigue a Jennifer, interpretada por Megan Fox, quien representa el arquetipo de la chica guapa, popular y deseada. Su contraparte es Anita “Needy”, interpretada por Amanda Seyfried, la clásica amiga introvertida, nerd y aparentemente invisible. Ambas son mejores amigas desde la infancia y continúan juntas hasta la preparatoria, sosteniendo esa amistad desigual únicamente por la fuerza de los años compartidos. Durante un concierto de rock en un bar, un incendio fatal lo cambia todo. Ellas sobreviven, pero Jennifer es apartada de su amiga por los integrantes de la banda de rock. Esa misma madrugada, cuando reaparece en casa de Anita, ya no es la misma: se ve desorientada y vomita un líquido oscuro. A partir de ahí descubrimos que ha sido poseída por una especie de demonio y que, para conservar su apariencia seductora y ese brillo hipnótico, debe devorar hombres, literalmente. Más adelante se revela que la banda realizó un ritual satánico para conseguir fama y éxito sacrificando a una “virgen” o, al menos, lo que ellos creían que era una. El ritual funcionó… pero de manera incorrecta, convirtiendo a Jennifer en un monstruo.
La película ha tenido muchísimas lecturas relacionadas con la sexualidad femenina, la cosificación y el resentimiento que puede generar ser vista únicamente como un cuerpo de deseo. Pero mientras volvía a verla, algo más llamó mi atención: la dinámica entre Jennifer y Anita. Ellas llevan el típico collar de “BFF”: Best Friends Forever. ¿Forever? ¿Qué hace que algo merezca ser para siempre?
Desde las primeras escenas se nota el desequilibrio. Jennifer brilla y Anita la sigue. Jennifer decide y Anita acompaña. Incluso hay una compañera que se burla de Anita diciendo que parece su novia, porque ella vive orbitando alrededor de Jennifer.
Y mientras la película avanza, es imposible no notar el poder que Jennifer ejerce sobre su amiga. La persuade constantemente, decide qué hacen, la empuja a situaciones incómodas y siempre necesita tener el control. Incluso físicamente, entre juegos y empujones, Jennifer siempre termina dando el golpe más fuerte, marcando quién domina la relación.
Cuando Jennifer se transforma en demonio, esa dinámica se vuelve más evidente y monstruosa. Anita menciona que un chico le parece lindo, sin ninguna intención más allá, y Jennifer inmediatamente decide seducirlo. No porque le interese realmente, sino porque parece disfrutar la idea de poseer todo aquello que Anita quiere. Lo mismo ocurre con Chip, el novio de Anita, quien genuinamente la ama por quien es. Jennifer intenta separarlos, incluso escogiéndolo como una de sus víctimas, como si necesitara demostrar que puede arrebatarle cualquier cosa.
Y ahí es donde la película me golpeó de manera personal.
Porque, aunque sin demonios ni la estética de Megan Fox, me recordó a una amistad que tuve durante años. Una de esas amistades construidas desde la infancia, donde crecemos creyendo que por el simple hecho de durar tanto tiempo se convierte en algo especial. A veces existen señales desde el inicio: los celos cuando haces nuevas amistades, la necesidad de competir o incluso la constante minimización de quién eres para no “opacar” a la otra. Y creo que muchas amistades femeninas caen en esa competencia silenciosa: no solo quieren tener más, sino que necesitan que la otra tenga menos. Como si el cariño se midiera en comparación.
La resolución de la película (perdón los spoilers) sucede cuando Anita comprende que la única manera de detener a Jennifer es destruyéndola. Y antes de hacerlo, le arranca el collar de amistad en un gesto simbólico de romper el “para siempre”. Honestamente… así se sintió terminar esa amistad en mi vida: tuve que arrancar ese “Forever”. Fue doloroso, claro, porque crecimos con la idea romántica de que una amistad de tantos años es sagrada. Como si el tiempo automáticamente justificara todo. Como si abandonar un vínculo largo fuera una traición. Pero no todas las amistades están construidas desde el amor sincero.
Una amistad no compite contigo, no te disminuye para sentirse superior, no convierte a una persona en protagonista y a la otra en simple soporte emocional para su desarrollo personal. Una amistad debería ser un espacio de escucha mutua, de apoyo, de empatía y autenticidad. Un lugar donde puedas crecer sin sentir culpa por hacerlo, donde el título “mejor amiga” no signifique exclusividad ni posesión y donde “para siempre” no sea una condena ni una obligación, sino un deseo inocente nacido desde el amor presente.
De nuevo, el cine termina siendo un gran espejo para analizar las narrativas sociales, pero también nuestra propia historia. A veces en una ficción con demonios… aunque esos demonios también existan de manera simbólica dentro de nosotros y nuestros vínculos.
Hasta Pronto… Dominic Interesante
