DOMINIC LÓPEZ
La nueva adaptación de Cumbres borrascosas, dirigida por Emerald Fennell, ha generado conversación, memes, críticas y debates. Algunos la llaman fallida; otros, incomprendida. Yo llegué a ella desde un lugar más simple, la curiosidad.
Debo confesar algo: Yo no sabía casi nada de Cumbres borrascosas. No conocía su estatus de clásico literario, ni que fuera una de las novelas más influyentes del siglo XIX, escrita por Emily Brontë, ni que existieran más de veinte adaptaciones cinematográficas. Entré a la sala sin ese peso cultural y quizá por eso mi experiencia fue tan cruda.
Sabía, eso sí, que estaba ante una historia de romance. O al menos eso prometía el tráiler. Y, siendo honesta, ver al sexy Jacob Elordi en pantalla grande era un incentivo difícil de ignorar. Mi lado amante del dark erotic romance estaba listo para dejarse atrapar.
Pero en medio de la proyección, recuerdo susurrarle a mi amiga: “Esto está muy turbio.”
Porque Cumbres borrascosas no es realmente una historia romántica. Es una historia sobre obsesión, deseo, resentimiento y poder emocional. Y quizá ahí está su fuerza, y también el problema de esta adaptación.
La novela original ayudó a consolidar arquetipos narrativos que hoy vemos por todas partes. El amor imposible, el romance atravesado por las clases sociales, el vínculo pasional que roza la destrucción. Si Romeo y Julieta definió el amor trágico juvenil, Cumbres borrascosas consolidó el arquetipo del amor tóxico; personajes movidos por la pasión, el orgullo, la crueldad y la venganza en nombre del amor.
La película intenta dialogar con eso, pero no logra consolidarlo.
Mi primera impresión fue agridulce. Había una estética atractiva, cuerpos, miradas, un tono sensual, pero narrativamente sentía que todo se quedaba a medias. No era lo suficientemente intensa para doler, ni lo suficientemente sensual para aguantar la respiración, ni lo suficientemente profunda para comprender el tema real.
De hecho, las escenas más ardientes son las del tráiler. Y eso es problemático, la película promete una intensidad emocional que luego no termina de desarrollar.
Se ha dicho que Fennell la abordó casi como una chick flick, con secuencias musicales que resumen el paso del tiempo y la evolución de la trama. El recurso no es malo en sí mismo, pero aquí genera prisa. La historia avanza demasiado rápido como para entender los matices de Heathcliff y Catherine. No hay tiempo para respirar con ellos, ni para sufrir con ellos, para entender de dónde nace su violencia emocional.
En redes vi un meme que decía: “Para entender Cumbres borrascosas primero ve Aves de Presa, luego Saltburn, luego Euphoria y luego Barbie.” Y, aunque suene absurdo, hay algo de cierto. Los personajes de Robbie y Elordi parecen a ratos ecos de roles anteriores. Ella, en su personaje que se encuentra en un mundo de ensueño pero con crisis existencial como en Barbie, él con la oscuridad dominante de Nate en Euphoria. No terminan de existir como Catherine Earnshaw y Heathcliff por sí solos.
Además, ya informándome después, supe que la adaptación eliminó varios personajes importantes de la novela. Eso obliga a redistribuir acciones y conflictos en otros personajes, lo que genera silencios narrativos que la película espera que el espectador complete, pero ¿con qué información? El subtexto necesita base emocional, y aquí a veces no la hay.
Sin embargo, hay algo interesante en la propuesta de Fennell. Su película parece cuestionar directamente qué es lo que seguimos romantizando, ese hombre protector que se vuelve posesivo, ese deseo que se confunde con control, ese “no” que en narrativas románticas se interpreta como un reto a conquistar.
La película incomoda porque refleja cómo ciertos comportamientos tóxicos todavía se venden como romance. Y ahí sí logra algo valioso, obliga a preguntarnos qué tipo de amor seguimos idealizando.
En ese sentido, no deja de ser interesante que esta historia provenga de una autora victoriana, de una época donde muchas escritoras debían publicar bajo seudónimos masculinos. Hay algo poderoso en esa mirada femenina del deseo. Una mujer que no solo es objeto de amor, sino sujeto que desea, que elige, que se apasiona.
Pensando en ello, me vino a la mente un paralelismo cinematográfico con Nosferatu de Robert Eggers. En ambas historias, el deseo femenino conduce a una entrega final, casi sacrificial. Como si amar implicara una forma de disolverse.
Visualmente, la película apuesta por una estética moderna, casi onírica, diseñada para ser viral en redes sociales. Vestuarios que parecen sacados de un sueño editorial, atmósferas que mezclan lo victoriano con lo contemporáneo. ¿Quién no querría el armario de Catherine? Hay un aire de fantasía estilizada que recuerda a un mundo tipo Barbie, pero en dark.
La música también arriesga. Combina lo clásico con texturas modernas que generan tensión. Es uno de los elementos más interesantes de la propuesta.
Al final, no sé si la película es buena o mala, pero sí sé que provoca conversación. Y quizá eso ya la vuelve relevante.
Sería mentira decir que no me tomé una foto en el póster posando como si yo fuera quien besa a Heathcliff. Para eso también es el cine, para cuestionarte, incomodarte, seducirte, confundirte y recordarte que, a veces, siempre habrá alguien que prefiera el libro.
Pero también que el arte, incluso cuando falla, nos obliga a pensar.
Y eso nunca es poca cosa.
