El éxito

VICO FRANCO

“Toda esa inmensa promesa que es el hombre”. 

El recado, Elena Poniatowska.

Abre sus pequeños párpados. Cubren sus ojos verdes y hundidos. Lo primero que ve es el arrugado techo blanco de su habitación. Siente una ligera confusión. Un sinnúmero de luces invade, atacan sus pupilas. Frota la cuenca en que sus ojos se esconden. Se da el tiempo para bostezar. Se estira. Se levanta de la cama. Piensa en contarle el sueño a su marido (tal vez llegaría después).  

El marido era suyo, una de las pocas cosas que realmente le pertenecían. Lo conoció en el Parque de la Bombilla y se habían casado en el centro de la Ciudad (el verdadero centro, no el histórico). La boda fue en la capilla de San Antonio de Padua, el santo dueño de su devoción. Para usted, aquella construcción que adornaba las aguas del Río Magdalena era un lugar perfecto, único, discreto… usted tenía la inevitable ilusión de que su matrimonio fuera calificado por esa misma tercia de adjetivos.  

Después de haberse casado, se dispondría a vivir una vida “normal”: preparar postres, limpiar la casa, arreglar las plantas, leer libros y amar a su marido. En pocas palabras, se preparaba para ser feliz; construir la clase de felicidad que en su niñez le contaron que tendría; para finalmente experimentar aquello para lo cual se preparó durante tantos años. Al fin y al cabo, dicen que es a partir del matrimonio cuando se logra realmente “ser alguien”; que se deshacen las inseguridades con sólo decir: “Sí, acepto”; que la unión marital se encarga de desaparecer esas meditabundas presuposiciones de peligro que se ven por todos lados. Luego, se le autorizará a pensar en un beso, a desear una caricia o a encontrar la inevitable falta de reconocimiento que involucra la sexualidad. Usted no supo a partir de qué edad dejó de pensar así de todas esas cosas, pero sí que dejó de hacerlo por un buen tiempo;  no obstante, con el inevitable paso de los años, esos pensamientos se habían vuelto una imperiosa esperanza que le distraía las poquísimas veces que no tenía nada qué hacer.  

Sabe que su marido llegará en cualquier momento, de repente y para siempre (como se dice que llegan los esposos a la vida de las mujeres). Es cierto que no puede esperarlo en un solo lugar, pero sí que lo espera. Si él llegase, le contaría su sueño: aquella ilusión de conocerlo, aquel anhelo de casarse con él, y aquella felicidad que le habían asegurado en su presencia. 

Pero ahora, se le hace tarde. Tan sólo piensa un minuto en las cosas bellas que soñó mientras dormía. Se acaricia levemente el cabello. No pierde de vista el piso con esos tristes cenotes suyos. Se pone su mejor ropa para salir al trabajo, pues justo ese día asumirá la dirección. Acaricia a su gato, única compañía. Sale del departamento. Revisa un pequeño mensaje de su madre: “Hijo, no te olvides de pasar a verme”. Cierra el departamento casi como su corazón. En realidad, no importa que se quede abierto… igual nadie va a entrar. 

- Advertisement -spot_img

DEJA UNA RESPUESTA

Por favor ingrese su comentario!
Por favor ingrese su nombre aquí