DORA LUZ HERRERA JIMÉNEZ
Dariana prende la estufa con los cerillos de siempre, esos que chamuscan las yemas de sus dedos. Asienta el jarro de peltre sobre la lumbre y, con agilidad, se desliza en la cocina. “Siempre hay mucho que hacer…”. Saca el café y el azúcar de la alacena y los coloca en la charola. Sustrae dos panes tostados de la bolsa azulada y les unta cajeta con gracia y uniformidad. De reojo mira a su hermano Sebas, que revisa su celular en el sofá.
—Si quieres, mientras preparo la comida, tú pon la película.
—¿Eh? Ah, sí. Ahorita.
Dariana examina cómo va el agua: aún no burbujea. Suele desesperarse ante la falta de prisa que, a veces, presenta el fuego. Abre una bolsa de palomitas y la mete al horno de microondas. Busca dos tazones grandes, para dividirlas en cuanto salgan, y coloca servilletas sobre la charola en la que acomodó los panes.
El horno apenas avanzó cincuenta segundos, lo que la obliga a “matar el tiempo” lavando los trastes que dejó su padre en el lavadero. El frío se cuela por la ventana de la cocina, pero no intenta cerrarla, porque le gusta respirar el aroma a tierra mojada que incrementa a esas horas de la tarde. Mientras lava un plato pegajoso, nota que el único sonido de su casa proviene del maíz recién tostado. Entonces dirige la vista a su hermano: aún no pone la película.
El microondas avisa que las palomitas están listas. Los dos últimos granos explotan y la mantequilla aromatiza el aire. Ella revisa el pocillo de peltre, que comienza a burbujear, y mientras espera a que el agua hierva por completo, saca la leche del refrigerador.
—Sebas, ¿te preparo tu café?
—¿Eh? Ah, sí… dos de azúcar.
Dariana vierte leche en dos vasos de barro y, con un trapo mojado, saca el agua de la lumbre para mezclarla con leche y café en polvo. Pone dos cucharadas de azúcar al café de su hermano y lo mueve cuidadosamente, hasta que considera que todo se ha diluido. Entonces, apaga la luz de la cocina, toma la charola y camina hacia la sala.
Da a su hermano su plato de palomitas, su pan con cajeta y su café, para luego tomar el control que se encuentra sobre el brazo del sillón. Prende la tele, busca El hombre de la pistola de oro, de James Bond —que Sebas eligió desde el día anterior—, apaga las luces, toma su plato de palomitas y se sienta.
La película comienza. Para Dariana se trata de la misma historia de siempre: una mujer en apuros que forzosamente debe ser rescatada por un héroe. Pero esta película en particular la rebasa, Mary Goodnight parece tan inútil… la saca de casillas y la hace pensar en cómo se reproduce el discurso donde las mujeres siempre resultan insignificantes.
Mientras Sebas mira absorto la película, ella siente el hueco que se sigue agrandando en su pecho. Es esa ansiedad que no deja de atormentarla desde hace varias semanas. La incertidumbre ante un futuro desconocido. Su hermano no experimenta lo mismo porque su vida está más acomodada que nunca. La siguiente semana regresará a la universidad y volverá a la rutina de siempre. En cambio, ella se enfrentará al desquehacer al que no está acostumbrada.
Su madre río cuando ella le contó su sentir. “Pero hija, de qué hablas, en la casa nunca falta qué hacer, ya verás. Además, ya es hora de que aprendas a hacerte cargo de todo por aquí, para que cuando te cases, que seguro será pronto, llegues más que lista”. Pero, la proximidad de su boda le parecía tan lejana… ni siquiera tenía novio ¿Cómo se iba a casar? “Mamá, ¿y si nunca me caso?”, había preguntado con tribulación. “No seas tonta, Dari, claro que te vas a casar, o si no ¿qué otra cosa vas a hacer?”
Y sus palabras cavaron más el hueco en su estómago. Dariana siempre supo que su destino era ser esposa. Por eso sus papás sólo le permitieron estudiar hasta la preparatoria, le habían dicho “Para qué vamos a invertir en una carrera, si cuando te cases ni vas a trabajar. Mejor ese dinero lo invertimos en Sebastián, porque él tendrá que mantener a su familia. Tú no, Dari, tú serás mantenida. Tú aprende a lavar y a planchar. Es más, desde ahora vas a practicar con Sebas”. Y desde ese día, por preguntona, se encargó de atender a su hermano. Era como su esposa o su madre o su empleada. Debía resolver sus necesidades y, así, practicar para ser una buena mujer.
Dariana deja sus lastimosos recuerdos atrás justo cuando James Bond encuentra muerta a Andrea Anders en el estadio de Kickboxing. Incluso occisa, Anders luce perfecta. Ese pensamiento le cala en el cuerpo. Tiene la certeza de que no basta con ser una buena mujer para que un hombre se fije en ti: debes ser bonita. Y eso la aterra. Para encontrar a un hombre bueno, como Bond, debería parecerse a una de las chicas Bond. Pero ella sabe que no se parece a ninguna. Entonces ¿qué clase de persona querrá casarse con ella? Siente pánico de que sus padres acepten al primero que se ofrezca. Ante el miedo de la respuesta, nunca se ha atrevido a preguntar si ella tendrá poder de decisión. Sabe que su padre solo se preocupa por el dinero, entonces cabe la posibilidad de que le elija a alguien, sin importarle su opinión.
El hoyo de su estómago se sigue extendiendo, avanza hasta sus piernas, que se sacuden sin permiso. Ni siquiera sus extremidades son completamente suyas. Dariana recuerda que el mes pasado, cuando se graduó de la prepa, su padre le dijo que ese era el único papel en el que estaría escrito su nombre. Lo dijo con solemnidad hacia Sebas, a quien le extendió una hoja tamaño oficio, donde se leía que la casa ahora estaba a su nombre. Sebas se había convertido en el nuevo hombre de la casa. Y, mientras celebraban con vítores el triunfo de Sebas, su madre encajonó el certificado de Dariana, mezclándolo con los documentos inservibles que nadie ha tenido tiempo de tirar.
Bond mata a Scaramanga dentro del laberinto antes de que la torpe Mari active el láser que hace explotar la isla. Ante la detonación, Dariana suelta un chillido reprimido. Sabe que la única forma de externar su tristeza es fingiendo que le interesa el destino del héroe de su hermano, quien la mira complacido. La película termina pronto y Sebas decide irse a acostar. Dariana levanta los trastes y los lleva al lavadero. Toma la escoba para barrer el rastro de maíz quemado que dejó su hermano en la sala. Con un trapo húmedo limpia ambos sillones. Toma el control y apaga el televisor.
Camina hacia la cocina de forma silenciosa. Hacer ruido se convierte en pecado si su hermano está durmiendo. Abre la llave del fregadero y lava los trastes que usaron. Esta vez sin prisa. Sabe que, aunque corra, no podrá escapar de ellos. El olor a tierra mojada acaricia sus fosas nasales. Ella respira hondo y espera con paciencia a que el hoyo de su estómago se torne más grande y la desbarate por completo.
