MATEO BOTELLO ANDUIZA
Mi corazón es una bola de estambre.
O, mejor dicho, mi corazón es un conjunto de hilos que vienen de todos lados y convergen entre mi aurícula y mi ventrículo, adentrándose entre la vena cava y la artería aorta hasta envolver mi pericardio en una aproximación a una bola de estambre. Pero todos son hilos separados que llevan a distintos lugares. A veces me gusta pensar en estos hilos como una enorme telaraña cardiaca donde habita una pequeña araña a la que he decidido llamar Mnemosine en honor a una de las titanes griegas que regía sobre la memoria.
Y mi araña Mnemosine puede recorrer los hilos de su tela como si siguiese diferentes ríos hasta su fuente.
Uno de estos hilos la llevará a un músico y arquitecto que durante la pandemia decidió raparse completamente. En el hilo de este hombre podrá encontrar a una familia compuesta de dos dulces niñas, la madre de estas, y el arquitecto, cuyo lazo a la madre nunca fue romántico, pero siempre ha sido de amor. Ahí, junto a ellos, estoy yo, un adolescente que en el hogar de esta familia encontrada lloró por desamores, consoló por desamores, fumó incontables cigarros y aprendió del arquitecto muchas cosas que nunca pudo aprender de su padre.
Otro hilo puede llevar a Mnemosine a un hombre con un apellido euskera. Este hombre también es un arquitecto, pero para mí siempre fue un líder y consejero. Campista y portador de un báculo, astuto y sagaz pero, sobre todo, sabio. No sé si alguna vez le dije lo mucho que hizo por aquel niño de dieciséis años que esperaba morir, pero lo ayudó a ver la luz en un mundo que él creía lleno de penumbras. Por encima de todo, fue una inspiración para mí. Me inspiró a seguir adelante y a aceptar los cambios. Recuerdo proponerme que cuando a mí me tocara llevar el báculo, buscaría ayudar a los adolescentes bajo mi tutela de la misma manera en la que él me ayudó.
Curiosamente, anudado al hilo de este mentor, está el de una niña con heterocromía: tenía una mirada de miel y chocolate; siempre usaba dos coletas, una en cada lado de su cabeza, que amarraba con ligas de dos colores diferentes para combinarlas con sus ojos. Ella fue como un eco de mí cuando yo tenía su edad. Donde vi mi reflejo en ella, vi el reflejo del mentor pasado en mí. Comprendí entonces que era mi deber ayudar a esa niña a encontrar la luz en el camino como él lo había hecho por mí.
No todos los hilos son tan lindos. Algunos fueron cortados hace tiempo y ahora no llevan a ningún lado, salvo a un huevo en forma de alguien sin rostro. Uno de estos casos es el de la chica de ojos tormentosos. Ella, quien me conoció en aquellos lúgubres días y que, por más que quiso ayudarme, no supo cómo hacerlo, pues ella tenía sus propios demonios a los cuales domar. Desde que ese hilo fue cortado, ha habido momentos en los que ha sido lanzado al aire para encontrar paz y un cierre. Pese a que fue atrapado en su momento, ambos decidimos soltarlo y no volverlo a acercar al otro. Este hilo sólo es una muestra de un vacío en donde antaño hubo algo.
Hay hilos que nunca fueron cortados, simplemente la vida nos llevó por caminos distintos, como el de aquella compañera de la prepa con cromático cabello. Siempre la he apoyado desde la distancia, viendo cómo asombra al mundo con la magia de su música. A veces, basta con un mensaje para volver a encontrar ese hilo y colgar en él memorias nuevas. Otros tantos hilos me jalaban hacia el piso o me ahorcaban. Algunos usaban estos hilos como cadenas que ajustaban en mis muñecas hasta que sangraban. Esos hilos fueron cortados y el cabo fue quemado, previniendo que alguna vez puedan volver a anudarse. No fue placentero, pero era necesario.
Y hay algunos hilos en este estambre que están desgastados y lastimados, como el de un padre que estuvo demasiado cerca de cortar el suyo, pero el hecho de que siga aquí es un testamento de la voluntad de ambos de enlazar nuestros estambres pese a las dificultades y poder seguir adelante.
Hay lazos que brillan, hilos de diferentes tamaños y grosores, pero todos ellos tienen un color plateado porque están hechos de diamante. Algunos son viejos, como aquella amistad de veintiún años y su pareja de una década. Esos estambres han formado nudos en forma de estrella que siempre brillan, aunque no siempre pueda verlos. Hay un hilo de tres años que ha echado raíz en el centro de mi estambre y que crece y crece como una planta de crochet, en la cima se encuentra la mujer con quien quiero pasar mi vida. Y hay un hilo que ha estado ahí desde que tengo memoria. Un hilo que estuvo aquí cuatro años antes que yo. Un hilo con una niña de largos cabellos rizados a quien yo llamo engendro. Aquella niña con quien me llevo más pesado que con cualquiera de mis amigos, pero ninguno de los dos duda cuánto nos amamos.
Hay lazos nuevos que apenas se están entretejiendo a la bola de estambre, aquellos que Mnemosine aún no visita, pues aún no son memorias. Hilos que llevan a clases de sabiduría, hilos que se tejen con una cerveza y una pizza después de una feria del libro, hilos que sostienen proyectos que apenas toman vuelo, pero que no por novedosos pierden su emotivo poder en mi corazón de estambre.
Esos son sólo algunos de aquellos lazos que Mnemosine recorre en la bola de estambre que es mi corazón; esa bola de estambre que alimenta el telar de quien soy. Pues somos lazos, somos vínculos, somos memoria. Somos hilos.
