Ronalda Vargas

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JULIETA CLAUDIA SÁNCHEZ WONG

Ahora que estoy de paso, Ron, cuéntame qué ha sido de Adelina. ¿Siempre sí se compró el coche que quería? Ya sé que eso fue hace mucho, pero también hace mucho que no sé de ella. No, no hubo una razón en particular, un día éramos amigas y al otro yo me mudaba para siempre. Me acuerdo que te conocí chiquito chiquito sin saber ni gatear, nomás una semana te conocí porque a la siguiente me fui para no volver. Pero heme aquí, sí volví. Al final es cierto lo que dicen de nunca decir nunca, ¿no? Pues claro que no te acuerdas, si estabas chamaquito. Por esos tiempos Lina y yo éramos inseparables. Las dos estudiábamos medicina en la Nacional. Creo que ahorita ya no es raro, y qué bueno, pero en ese entonces no se veían mujeres en la facultad. Yo acabé unos meses antes de que nos conociéramos, pero seguía frecuentando a mis maestros. Ándale, Ron, sácame una silla que a mi edad esto de estar parada ya no acomoda. No, gracias, aquí afuera estoy bien, te digo que vengo de rápido. ¿Cuántos años tienes? Pues esos son los que llevo sin verla, precisamente. ¿Tú crees que ella se acuerde todavía de mí? No, mejor no me contestes, capaz que me hago ideas equivocadas. ¿Cómo? Háblame fuerte que no te oigo. No tengas vergüenza, pregúntame lo que quieras. ¡Ah! Claro que la vi embarazada de ti, de hecho yo fui su obstetra ¿no te contó? Bueno, se le ha de haber olvidado mencionarlo; éramos muy cercanas, pero con los años hasta lo más importante se traspapela, ¿no? Yo le hice sus ultrasonidos, el seguimiento del proceso y también te recibí. No te preocupes, no me ofende que no te lo haya dicho. Lina no tomó bien que me fuera después de tu nacimiento, supongo que si hubiera sido al revés yo tampoco lo hubiera tomado bien. ¿Entonces no te ha contado nada de mí? ¡Ay de ella! ¡Siempre tan volátil! Yo creo por eso éramos amigas, las dos fuimos siempre de carácter fuerte, solíamos pelear por eso mismo. La verdad es que en mi corazón yo no quería irme, pero las circunstancias me obligaron; no pude quedarme, no me dio la fuerza. ¿Sigue enojada por eso? No, no me digas tampoco, prefiero preguntarle a ella. Son temas que se deben hablar de frente. Hace unos años un colega me pasó su número y por más que llamé, nunca me contestó, a lo mejor era equivocado o a lo mejor no quería saber de mí. ¿Tampoco te habló de eso? Mendiga Adelina, ¿guarda fotos de su embarazo? Me lo imaginaba. No la culpo. Pues estuvo, o está, enojada porque, aunque me pidió que no me fuera, de igual forma me fui. De algún modo ambas teníamos ambiciones un tanto egoístas que involucraban a la otra. Al final las dos ganamos o las dos perdimos, dependiendo del ángulo desde el que se vea. ¿Qué? Pues ella deseaba que todo siguiera igual después de tu llegada: ser amigas cada una desde su casa y reunirnos en la Nacional. Yo entendí que no podía ser lo mismo, incluso me ofendí cuando me dijo que eso era lo que quería. ¿Yo? ¡Ay, Ron! Creo que yo quería congruencia. Ambas éramos mujeres estudiadas viviendo en el siglo XX, nadie iba a espantarse por nuestra situación. No pienso que me corresponda contarte algo que, en teoría, ni a mí me consta pero, en resumen, le di un ultimátum: o se avalentaba o me iba. Con los años entiendo que fue cruel querer empujarla a tomar una decisión tan personal. Ya debes imaginarte lo que sucedió, puesto que acabo de decirte que he vuelto. Sí, efectivamente: partí una semana después. Los días siguientes a mi arrebato ella esperaba que yo cambiara de opinión. Debió haberse hartado porque la mañana en la que decidí irme, recibí una llamada suya en la que me dijo que nunca fuimos más que amigas y que todo fue una confusión de mi parte. Pero, Ron, ¿cómo pudo haber sido todo mi error? Cuando tu padre se fue, dejamos de ser la amistad que ella decía. Aquellas palabras pudieron conmigo y decidí, sin pensar mucho, que era momento de irme y no volver jamás. Todavía me acuerdo de las llamadas que le rechacé cuando iba en el tren de regreso a casa de mis padres; marcó algunas veces, yo supongo que cuando se dio cuenta de que me fui. No contesté a ninguna y me arrepentí de eso por años. Creo que algunos rencores no sanan nunca. Quizá abrí de más la boca. A veces, con el tiempo, se me olvida que ella lo dejó claro todo cuando dijo lo que dijo. ¿Podrías no mencionarle que estuve aquí? No, gracias, no la espero. Revivir viejas historias me pone nostálgica. De todos modos, para este punto creo que ni la amistad queda. Óyeme, Ron, que confianzuda me vi. Ni siquiera me presenté. Ronalda Vargas, médico familiar.

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